Por: Gilberto Mayoraga

[Texto publicado originalmente en el Boletín Interno de la Izquierda Socialista]

La realidad económica y política del mundo actual está determinada por los monopolios. En un estadio del capitalismo, cuando una o unas pocas empresas llegan a predominar en una rama industrial, controlando la producción, la distribución y el mercado, se dice que se ha formado un monopolio. En la actualidad las principales ramas de la economía mundial se encuentran firmemente monopolizadas, el monopolismo ha alcanzado incluso ramas que otrora se mantenían en la esfera de la libre competencia, como los alimentos, la ropa, etc.
Esto imprime toda una serie de deformaciones al desarrollo del ciclo capitalista y exacerba las contradicciones que le son propias.

Julia Evelyn Martínez dice al respecto: “De acuerdo al estudio ‘La red del control corporativo global’ elaborado por Stefania Vitali, James B. Glattfelder y Stefano Battiston del Instituto Federal de Tecnología de Zurich (Revista New Scientist, octubre 2011), se trata de un sector de la economía mundial formado por 737 grupos económicos integrado por 1,318 empresas, que controlan el 80% de las corporaciones transnacionales mundiales. Estos grupos tienen como “núcleo duro” a 147 empresas (1% del total) que están estrechamente relacionadas entre sí mediante la propiedad accionaria y controlan el 40% de la riqueza total de este sector. Entre las 20 empresas más poderosas de este grupo se incluyen a Barclays Bank, JPMorgan Chase & Co, The Goldman Sachs Group, Deutsche Bank, Merrill Lynch & Co Inc, Credit Suisse Group, entre otros.” (Julia Evelyn Martínez, La democracia oligárquica,
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=145097&titular=lademocraciaolig%E1rquica )

No se trata solamente de empresas muy grandes que pueden abarrotar el mercado con sus productos, sino de combinaciones financierasindustriales que pueden dirigir grandes masas de capital en la dirección elegida y así obtener superbeneficios, o sea, ganancias por encima de las ganancias promedio e imponer precios más elevados a sus productos, que son verdaderos tributos a la fuerza económica que estas combinaciones pueden desarrollar. Pronto estos consorcios se extienden a otras ramas y forman conglomerados industriales, financieros y de servicios que manejan cientos y hasta miles de millones en cada operación, cuentan con miles de empleados y representan las empresas con el mayor volumen de producción y con los productos más sofisticados y requeridos por los consumidores, aunque esto no quiere decir que los consorcios satisfagan las necesidades sociales, pues al ser monopolios, buscan limitar la producción para mantener altos los precios, lo que genera contradicciones insolubles.

Los propios apologistas del capitalismo se han apercibido de esto y han acuñado un término : plutonomía, que definen como “el crecimiento económico que es reforzado y aprovechado por la clase alta más rica de la sociedad. La plutonomía se refiere a una sociedad donde la mayor parte de la riqueza es controlada por una minoría siempre decreciente, a tal grado que el crecimiento económico de esa sociedad se vuelve dependiente de las fortunas de esa misma minoría rica.” (Traducido de http://www.investopedia.com/terms/p/plutonomy.asp#axzz1nmzpTExO )

El camino que el capitalismo monopolista ha seguido es el de una creciente centralización y concentración del capital, pero no a la manera de la época en que predominaba la “libre” competencia, sino a la manera monopolista, por medio de gigantescas fusiones y absorciones que involucran miles de millones de dólares, y que dejan en la calle a miles de trabajadores. No significa esto que haya dejado de existir la “libre” competencia, ésta es aún la base del capitalismo, sólo que ahora el monopolismo, o sea, el imperialismo es su superestructura dominante. Además, los consorcios terminan por fundirse con el Estado, conformando un entramado de intereses comunes entre las instituciones estatales y el gobierno y las juntas directivas de los consorcios, a este estadio de la fase imperialista se le denomina capitalismo monopolista de Estado (CME); como afirma el sociólogo Geoffrey Geuens: “El capitalismo y la élite financiera no pueden existir sin la estructura del Estado, sin sus redes políticas y mediáticas, por lo que los gobernantes tienen una aplastante responsabilidad en la actual crisis económica” (Los rescates sólo benefician a los bancos, artículo de Marco Appel en la Revista Proceso núm. 1843 del 26 de febrero de 2012, pág. 48).

Los mecanismos de control político y social son evidentes: “Esta oligarquía global ejerce un refinado autoritarismo sobre los sistemas políticos regionales y nacionales, mediante un intrincado sistema de relaciones de poder, que estaría formado al menos por cuatro pilares: a) las políticas económicas y financieras dictadas por el Banco Mundial y el FMI ; b) el control de los medios de comunicación social para alienar a los pueblos en una cultura del sometimiento cultural e ideológico a los intereses de la oligarquía global; c) la carrera armamentista y la creciente militarización de los países y regiones, y d) las alianzas con las oligarquías nacionales o subregionales.” (Julia Evelyn Martínez, La democracia oligárquica, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=145097&titular=lademocraciaolig%E1rquica ). No obstante, en amplios círculos predomina la visión de un régimen capitalista en la cual la “esfera económica” está separada de la “esfera política”, sigue Geuens: “La percepción general que comparte un amplio espectro ideológico, desde la derecha liberal hasta una parte del movimiento altermundista, indica que hay una separación muy nítida entre el Estado y el mundo de las finanzas. Para los liberales esta separación entre la política y las finanzas, entre el interés público y el privado, permite que el sistema funciones correctamente. Los altermundistas no están de acuerdo: consideran que el Estado es víctima de los intereses financieros y le exigen que retorne el control del mercado; sin embargo, al final comparten con los primeros la misma presunción” (Los rescates sólo benefician a los bancos, artículo de Marco Appel en la Revista Proceso núm. 1843 del 26 de febrero de 2012, pág. 48). La crisis declarada en 2008 y que continúa en éste año de 2012 ha significado un jalón histórico para el desenvolvimiento del imperialismo. La ola de quiebras de empresas financieras, industriales y comerciales llevó al fortalecimiento de las más poderosas y más cercanas al Estado, pero además significó un paso evolutivo del Capitalismo Monopolista de Estado (CME), que se reforzó más allá de todo límite previo con los gigantescos rescates que hicieron los gobiernos, que involucraron cifras astronómicas, del orden de millones de millones de dólares y euros, para sacar a flote a empresas como General Motors (GM), Fanny Mae y Freddy Mac (paraestatales financieras inmobiliarias), y sobre todo grupos financieros como Goldman Sachs (banco de inversiones), en EU, pero también en Europa, e incluso en países como México, como fue el caso de Comercial Mexicana y de Cemex, aunque en nuestro país los rescates bancarios tienen larga data, pues en quince años se les han destinado 889 mil 403 millones de pesos a los bancos (La Jornada 17 de febrero de 2012), que en su mayoría han sido extranjerizados, pasando a manos del capital español, estadunidense y canadiense; sin mencionar otras empresas, como Aeroméxico y Mexicana de Aviación, “rescatadas” una y otra vez con cargo al presupuesto federal.

A raíz de estos procesos, el capital en México, como en el resto del mundo, ha verificado un proceso acelerado de concentración y centralización, al grado tal que en nuestro país la economía en su conjunto se halla controlada por un grupo reducido de empresas monopólicas, la mayoría transnacionales extranjeras. Como indican los datos que presenta David Márquez Ayala: “La revista Expansión (CNN) publica en su número del 21 de junio su compendio anual de las 500 mayores empresas que operan en México y que tienen información accesible. […] “Como porcentaje del PIB (11.823 billones de pesos en 2009), las ventas netas de las 500 [mayores empresas] (8.303 billones) representaron el 70.2%, concentración de suyo excesiva que se hace más patente si consideramos que tan sólo las 156 empresas privadas con mayores ventas representan el 50% del PIB, esto es, la mitad de la producción anual de bienes y servicios en el país, y que muchas de ellas pertenecen a los mismos dueños o grupos. “En nuestro listado sintético de las 22 empresas más importantes (con ventas de 80 mil millones de pesos o más) el valor de sus ventas representó el 35.2% del PIB; y quitando a las dos empresas públicas en este rango (Pemex y CFE) las ventas de las 20 mayores compañías privadas representaron el 24.1% del PIB. De las 20, siete son extranjeras y 13 mexicanas No obstante su enorme peso económico, las 500 sólo generan el 21.1% del empleo formal del país (trabajadores asegurados en el IMSS), las 22 generan el 8.7%, y las 20 privadas el 7.1%.” (David Márquez Ayala, Reporte Económico del 28 de junio de 2010 en http://vectoreconomico.com.mx/ ).

Aunque nuestro país no es un país imperialista, la influencia del imperialismo estadunidense, europeo y japonés ha reproducido la estructura monopolista que rige en el resto del mundo. El capitalismo en México está unido por mil hilos financieros, comerciales y tecnológicos a los grandes centros del capital mundial, al grado de que puede considerarse una semicolonia financiera de los EU. Pues como dice F. Castro:
“[…] los procesos de internacionalización de la vida económica han llegado a un grado tal, que los cambios que se producen en sólo uno o varios países altamente desarrollados, pueden, a través de una densa y sensible red de vínculos de dependencia hoy existentes, transmitir sus impulsos de auge o depresión a decenas y decenas de países, de hecho prácticamente a todo el mundo.” (Fidel Castro, La crisis económica y social del mundo, La Habana, Cuba, 1983, pág. 12).

El CME es una superestructura dominante a escala mundial.
De la misma manera, los monopolios en México se han fusionado crecientemente con el Estado, creando una estructura tipo CME, tal fusión se ha realizado por medio de los rescates financieros, la adjudicación de contratos, la devolución de impuestos (“Encabezados por empresas televisoras, proveedoras de servicios de telefonía y telecomunicaciones, así como por fabricantes y distribuidores de cerveza, un reducido grupo de 2 mil 550 compañías, que equivalen a 0.18 por ciento del padrón total de contribuyentes, logró devoluciones de impuestos por 174 mil 228 millones de pesos en sólo un año” (La Jornada, 17 de febrero de 2012) y por medio de los nexos personales de los funcionarios del Estado y las juntas de los consorcios, ejemplo de esto, Francisco Gil Díaz, antiguo secretario de Hacienda, después frustrado consejero de HSBC y hoy funcionario de Movistar. Este caso se repite de manera decuplicada en otros países, pues no es una cuestión anecdótica y coyuntural sino una condición estructural del imperialismo en su forma concreta actual como CME La crisis económica ha acelerado este proceso, y ha desatado una feroz competencia entre los monopolios, la lucha más encarnizada se libra en el terreno de las telecomunicaciones. Debido a los avances tecnológicos, se ha hecho posible la televisión digital, que podría transmitir internet, telefonía y datos, asimismo la línea telefónica podría servir para transmisión de televisión, incluso el tendido eléctrico podría emplearse para una red de televisión e internet. Pero los monopolios televisivos no quieren ceder frente a las empresas de telefonía, que serían también empresas de distribución de contenidos. Y viceversa, las empresas telefónicas no desean ceder terreno en “su” mercado a las empresas televisoras. Eso ha desatado la lucha, que en los hechos es una competencia por avasallar a los rivales; el monopolio se ha transformado en un freno al avance tecnológico, al grado de que el Estado, fusionado con estos intereses ha puesto su propia capacidad de distribución de contenidos al servicio de los consorcios al liquidar la empresa estatal de Luz y Fuerza del Centro, al privatizar la red de fibra óptica de CFE y al comenzar el remplazo de la red de transmisión de cobre por una red de cable de aluminio, que no es apta para la transmisión de datos y de esta manera evitar la competencia con los monopolios (La Jornada 16 de enero de 2012 http://www.jornada.unam.mx/2012/01/16/politica/002n1pol )

El resultado es la explotación incrementada de los trabajadores mexicanos, a la explotación que sufren en los centros de trabajo, se suma el precio de monopolio de casi todos los bienes y servicios que usa, desde los productos de limpieza y alimentos hasta la telefonía y el transporte, lo que redunda en su gradual empobrecimiento en beneficio de los monopolios, que explotan al conjunto de la sociedad.

El trabajador mexicano se resiente de los efectos de la crisis en múltiples maneras, como desempleo masivo, y cuando está empleado como jornada ampliada de trabajo (formación de plusvalor absoluto) y como jornada de trabajo intensiva (formación de plusvalor relativo), además, conforme los recursos del Estado se destinan a los monopolios, se deja de invertir en infraestructura, educación y salud públicas, lo que obliga al trabajador a desembolsar sumas extra en médicos privados y escuelas privadas, que en México han proliferado en desmedro de la sanidad pública y de la educación de niños y jóvenes. El monopolismo en México tienen su contrapartida en el incremento de la precariedad del conjunto de los trabajadores, precariedad laboral, sanitaria y educativa, lo que redunda en el retroceso neto de la calidad de esa misma fuerza de trabajo, que se vuelve menos productiva, con lo que el país en su conjunto pierde terreno en la división internacional del trabajo, lo que lleva a un círculo vicioso en el cual conforme la fuerza de trabajo está menos desarrollada el gran capital prefiere volverse importador de artículos, pues resultan más competitivos los extranjeros, y los trabajadores mexicanos acaban volcándose al pequeño comercio informal, creado en gran parte por los mismos monopolios, que en el marco de su competencia crean gigantescas estructuras de venta al menudeo, por catálogo, etc, a fin de ganar hasta el último trozo del mercado disponible; según datos oficiales, los trabajadores “informales” o más bien, precarios, suman la monstruosa cifra de 14 millones, contra los 13.2 millones que cotizan en el IMSS (La Jornada, 11 de febrero de 2012).

Esto tiene efectos notables en la política, pues se traduce en una creciente corporativización de las organizaciones políticas, que en vez de representar a grupos de ciudadanos con determinados intereses, se tornan en otros tantos apéndices del Estado, o sea, del CME; este proceso de asimilación se ha observado en los últimos años incluso en los movimientos y partidos de izquierda, y todo indica que es un proceso que continuará este año en el marco de la elección federal de 2012 a través de la hegemonía del ala derecha en los partidos de izquierda. El paso esencial de este proceso es la homogeneización de los partidos y organizaciones, de manera que las diferencias se vuelven meramente de matiz, y no de programa, pues la izquierda renuncia a cualquier alusión a la lucha de clases y sus partidos y organizaciones sufren entonces un proceso acelerado de burocratización, predominando las estructuras por encima de cualquier otra consideración; proceso que es debidamente seguido y auspiciado por el Estado y los grupos de poder nacional, para quienes la neutralización de la izquierda reviste un interés estratégico crucial. El trabajador, el proletario, pasa primero a ser un ciudadano en abstracto, y luego deja de serlo también, en los hechos, para convertirse sólo en un votante que tiene frente a sí opciones equivalentes, igualmente “buenas” o igualmente “malas”.

Como advirtió Luis Javier Garrido:

“3. El modelo político neoliberal, que se ha ido imponiendo al mundo entero, como sustento de una organización económica que privilegia los intereses de las grandes corporaciones por sobre los derechos de los pueblos, supone construir sistemas de partidos (de preferencia bipartidistas) en los que las distintas formaciones políticas no tengan diferencias sustanciales entre sí y avalen el modelo económico dominante plegándose a los dictados de los grandes intereses globales. Ese ha sido un objetivo de las mafias en el poder en México, en el que han estado coludidos los chuchos, y que ahora buscan acelerar: aniquilar al PRD como posible proyecto de izquierda, al no existir ya diferencias programáticas entre los tres principales partidos y carecer los mexicanos de las posibilidades de una verdadera alternancia, por lo que la estrategia de las alianzas PANPRD cumple un papel significativo en ese proceso. “4. Las alianzas entre partidos opuestos constituyen de esta manera un candado de seguridad para proteger los intereses dominantes, y es también con ese objetivo que los grupos mafiosos que controlan el poder económico y político en México las están impulsando. Los partidos que se alían no pueden tener una propuesta común más que en aspectos irrelevantes, pero renuncian además en esta coyuntura a esgrimir sus tesis propias que son encerradas en un cajón, acelerándose el proceso de acceso a cargos públicos… y de claudicaciones.” (Luis Javier Garrido, Las “alianzas” (de nuevo), La Jornada, 15 de octubre de 2010). Por “modelo político neoliberal”, en la terminología de Garrido, debe entenderse la estructura de control y dominación política del CME tal como se la ha planteado en este trabajo. Los efectos en la clase proletaria y en el conjunto de los trabajadores que tiene el desarrollo del CME son amplios y de largo alcance, al recrudecimiento de la explotación en el proceso de producción se suma la precariedad, la inseguridad laboral y el empeoramiento de las condiciones de salud, educación y seguridad; y ahora el cierre, en el terreno de los hechos, de los caminos políticos para expresar su malestar y poner en práctica sus ideas; el proletario y el trabajador en general se convierten en engranes del sistema capitalista fuera de la fábrica, dondequiera que se hallen se tornan en rehenes del proceso de acumulación mundial del capital, proceso en el cual unos países sojuzgan a otros y los trabajadores son explotados tanto por la burguesía “nativa” y el Estado nacional, como por los grandes capitalistas de los países imperialistas y por los propios Estados imperialistas (Véase http://www.jornada.unam.mx/2012/03/02/politica/005n1pol ).

Este proceso continuará previsiblemente en nuestro país, alentado por los proyectos de privatización de la energía y la lucha por el monopolio de las telecomunicaciones, así como por la lucha que se entabla cada año en torno al reparto de la renta petrolera, que es la fuente última de recursos para sostener la estructura del CME y en torno a la cual se forman los grupos de poder estatalcapitalistas, que pugnan por un nuevo reparto de esos recursos que sólo en el papel son bienes de la nación. La lucha electoral federal es, en última instancia, una lucha en torno al presupuesto del Gobierno federal, y en principal medida en torno a cual grupo se llevará la mayor parte de la renta petrolera, a través de contratos, créditos fiscales y devoluciones de impuestos. Muy probablemente observaremos en lo sucesivo un recrudecimiento de estas tendencias atizadas por la crisis que continúa, y que ha servido ampliamente para que los monopolios afiancen su control sobre la sociedad y su entrelazamiento con el Estado. La crisis, en tanto que esfuerzo purificador del propio sistema capitalista, barre con las formas atrasadas de capital, reforzando al CME, no obstante, éstas’ formas atrasadas se reconstruyen constantemente, brindando al CME una base de la cual extraer nuevas fuerzas y recursos.

Frente a esto sólo queda a los trabajadores desplegar todo género de luchas en los distintos planos de la vida social, pues el predominio del CME es social en el sentido más amplio y no puramente económico, un lugar central en esta lucha lo ocupa la lucha contra la corporativización de las organizaciones de masas de la izquierda, proceso que, como ya se ha indicado arriba, es inherente al CME, y es la herramienta principal que emplea para despojar a los trabajadores de toda iniciativa política que signifique un reto para el capital; la corporativización induce la despolitización y con ella se afianza el predominio del CME en la política y, por ende, en el conjunto de la vida social.

La crisis actual del capitalismo es la crisis del imperialismo a escala planetaria, o sea, del capitalismo monopolista de Estado. El CME, pues, no implica una superación espontánea de las contradicciones capitalistas, como quieren hacer parecer sus apologistas, por el contrario, representa la forma presente que asume la decadencia del capitalismo con todas sus contradicciones exacerbadas, esto significa que la caracterización correcta del CME es el único camino para fundamentar una estrategia y unas tácticas coherentes y consecuentes.

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