Por Greg Oxley
Para www.periodicorevolucion.org.mx

El movimiento conocido como los chalecos amarillos empezó en redes sociales como una petición contra el incremento a los impuestos en combustibles y petróleo. Poco tiempo después se volvió un levantamiento de masas en la ciudades y pueblos. Su primer acción fue alzar barricadas en los accesos a combustibles y tiendas de petróleo. Conforme el movimiento fue creciendo aumentaron las demandas. Éstas reflejan un amplio margen de situaciones porque representan la presencia de diferentes tendencias políticas. Consideradas en su totalidad expresan un profundo descontento con el orden social existente y una profunda necesidad de cambio en la sociedad.

La forma en como inició el movimiento hace imposible calcular el número de participantes en las movilizaciones. A pesar de esto, se estima que la cantidad de participantes, ya sea de forma directa o indirectamente es de entre 200 mil a 300 mil. Por otro lado, las encuestas realizadas indican que de entre un 75 y un 84% de la población apoya las manifestaciones.

La siguiente cifras muestran la diversidad de posiciones políticas en el movimiento. Una estación de radio llamada France info publicó en su página de internet una encuesta según la cual el 90% de los votantes tradicionales de la izquierda apoyan a los chalecos, por otro lado, el 75% de los votantes de la derecha hacen lo propio. Incluso el 50% de quienes votaron por Macron las respaldan.

De barricada en barricada encontramos tendencias contradictorias en el movimiento de los chalecos que abarcan desde la extrema derecha nacionalista a la izquierda extrema como los anarquistas o los revolucionarios. En la literatura de estos grupos -quienes su mayoría no están involucrados en el movimiento vivo de la clase trabajadora- podemos leer comparaciones de este movimiento con el de mayo-junio de 1968. Su lenguaje es enfurecido como el de un fascista o pequeño burgués. Las tendencias reaccionarias han hecho que algunos de los mejores militantes del Partido Comunista Francés y de los sindicatos no expresen abiertamente su apoyo a los chalecos amarillos, aunque el ala de izquierda del PCF liderada por Jean-Luc Mélenchon, y La France Insoumise, han diferenciado correctamente las tendencias progresistas de las reaccionarias de una minoría racista al interior del movimiento, éstas son clasificadas como una expresión de la desesperación y el coraje por la caída de los niveles de vida y la injusticia social.

La confusión que hay sobre el carácter del movimiento se debe al existente entrelazamiento de las distintas fuerzas sociales. La mayoría de los chalecos amarillos son trabajadores asalariados quienes a pesar de trabajar durante muchas horas están en dificultades para obtener una vivienda digna; un empleo bien pagado, alimentos nutritivos y vestimenta decorosa para ellos y su familia. Estas son las razones del movimiento. Incluso hay patronos que ayudan al movimiento, su apoyo es tomado con desconfianza, porque todos comprenden que esta restringido a sus mezquinos intereses como lo es la evasión de impuestos. Todos los participantes están conscientes de que tarde o temprano serán traicionados por este grupo y por eso prefieren recibir la ayuda de los estudiantes y otros trabajadores por considerarlo incondicional. La ayuda consiste en el préstamo de maquinaria pesada que sirve para levantar barricadas.

No es como en 1968 cuando el movimiento culminó con el levantamiento de la clase obrera organizada contra el régimen de Charles de Gaulle, minado por las masivas movilizaciones estudiantiles. Los chalecos amarillos son muy distintos porque el núcleo de su movimiento son trabajadores asalariados sin experiencia en política y están prácticamente desorganizados, son prácticamente nuevos en la lucha y protestas políticas, y completamente sin ideología, los activistas de planta son sólo un puñado. La mayoría de los chalecos amarillos vive en las regiones menos desarrolladas de Francia donde los servicios públicos como el transporte son escasos. Para ellos, tanto el incremento de precios como el de impuestos es un golpe muy duro, especialmente porque no se benefician de estos ya que no se utilizan para desarrollar los servicios públicos o la localidad.

Las presiones de la vida cotidiana que yacen normalmente invisibles en el fondo de la sociedad han salido a la superficie. Las ideas y propósitos de los hoy manifestantes no han sido confeccionados en debates ficticios, ni han sido dictadas por algún intelectual, mucho menos han salido de algún libro de historia o filosofía, aunque algunas de ellas podemos encontrarlas en bruto en algunas teorías revolucionarias mezcladas con algunas posiciones racistas o sexistas. Sea como sea, estas ideas se han forjado en la lucha y no están fijas. Los hoy combatientes sacarán conclusiones de esta lucha y otras serán extraídas con el paso del tiempo. Como es natural, las distintas posturas políticas irán tomando forma como resultado de los acontecimientos y se abrirán nuevas cuestiones.

Una proporción de trabajadores que hoy encontramos en las barricadas votaron por el Frente Nacional de le Pen. Esto no significa que sean conscientemente reaccionarios o racistas, muchos de ellos pueden ser ganados para la causa del movimiento obrero. Es posible que el movimiento de los chalecos amarillos sólo sea un preludio de otro movimiento más militante. Por otro lado es posible que las tendencias xenófobas y nacionalistas puedan ganar fuerza en detrimento a nuestra causa. No hay nada inevitable con respecto al triunfo de las ideas revolucionarias. La conciencia de los trabajadores está sujeta a fuerzas vivas, en la lucha se gana o se pierde. Dar la espalda a los chalecos amarillos y tildarlos como pequeños burgueses o fascistas es un grave error.

Examinando detenidamente sus demandas sale a la luz que buscan primordialmente combatir la precariedad de la vida de la clase trabajadora, mejorar las condiciones de los salarios y atacar los privilegios de las clases dominantes. Exigen la reducción de todo tipo de impuestos a los pobres, un incremento a las pensiones salario mínimo, una verdadera equidad en el salario de hombres y mujeres y el incremento en las becas para los estudiantes. Piden que se utilice el mismo método para calcular las pensiones a todos los pensionados. Además de incluir a los discapacitados en todos los aspectos de la vida y un efectivo acceso a la cultura para toda la población.

Una de las demandas más importantes es sobre la organización del gobierno. Exigen la reducción de salarios a los miembros del aparato estatal; la liquidación de privilegios, prebendas a los ministros, negar pensiones a quienes ya no están en funciones, liquidar nepotismo, insisten en un estricto control al personal de los políticos y exigen que los parlamentarios asistan a todas las sesiones del mismo. Piden que se hagan consultas con mayor frecuencia, la abolición del Senado y la promulgación de leyes por parte del pueblo. Es significativo que haya demandas para la protección del medio ambiente apelando a la supuesta preocupación gubernamental de la ecología.

Una lista de peticiones fue publicada en la prensa, en ella se pedía negarle el asilo a los refugiados y repatriarlos al igual que otras de carácter racistas y nacionalista. Pero debe quedar claro que para cualquier persona pensante el motor del movimiento dista mucho de todo tipo de política reaccionaria o fascista.

Macron fue electo por vacuidad. La base electoral de su propio partido fue alrededor del 25% de los votantes activos. Ganó la segunda vuelta porque la otra candidata era Le Pen. Desde entonces, el pequeño apoyo que tuvo ha colapsado. Macron arrancó el mismo el programa de contrarreformas en interés de los grandes capitales que más tarde minaría su propio apoyo. Se brincó a los dirigentes nacionales de los principales sindicatos. Nada fue negociado. Él sólo consulta sobre su cartera con los grandes capitales y lo hace con el afán de reducir las prestaciones de los trabajadores; atacar a los ferrocarrileros, cortar las pensiones, reducir los impuestos para los ricos, tal y como lo muestra el impuesto a la gasolina y cargar el peso de los impuestos a los más pobres. Está dejando hospitales, escuelas y municipios locales sin recursos. Más de 5 millones de personas están desempleadas. Su descarada arrogancia hacia la gente ordinaria está ampliamente documentada, como en la ocasión en que le dijo a un joven que él sólo tenía que cruzar la calle para encontrar un trabajo si realmente quería uno.

Su intento para justificar el incremento a la gasolina en base a la ecología es una completa farsa. La idea era encarecer la gasolina para que más gente deje su carro en casa y tome el transporte público. Pero en muchos lugares no hay un verdadero transporte público disponible para todos. La gente no tiene alternativa. Incluso, muchos trabajadores semi empleados necesitan usar de sus vehículos para poder trabajar.

Los chalecos amarillos tomaron a Macron y a su gobierno por sorpresa. Sus ministros han tachado al movimiento de extrema derecha. Con esto busca meter una cuña entre los izquierdistas y sindicalistas de la CGT. Es posible que el gobierno pueda capitular y echar abajo el impuesto, pero esto sería una estaca al corazón del gobierno. Macron está intentando sobrellevar la tormenta con la esperanza de que ésta amaine con el paso del tiempo. También tiene esperanza en que el movimiento pierda autoridad sobre las masas debido a los actos violentos de algunos elementos de los chalecos amarillos. Una de las dificultades que enfrenta es que el movimiento no tiene cabezas reconocibles. Las personas que han sido invitadas a las discusiones con el gobierno han dejado en claro que no mandatan el movimiento y que no tienen ninguna autoridad para hablar a nombre de él ni tomar decisiones por todos los chalecos amarillos.

Como quiera que sea los eventos de las últimas semanas muestran que en el capitalismo moderno tiene síntomas de intolerancia al actual orden social y económico. Éste sólo puede sobrevivir a expensas de corroer los niveles de vida y toda oportunidad de crecimiento para la sociedad, de destruir las conquistas sociales del pasado y la estabilidad antes obtenida por el movimiento obrero. Las cosas no pueden seguir sin que se provoque un mayor malestar social a escala mayor que la que ahora vemos. La consecuencia es que en Europa millones de personas son envueltas por demagogos nacionalistas y reaccionarios. Los obreros francés han visto ir y venir gobiernos de izquierda aplicando las mismas políticas en cuestiones fundamentales y con ello la decadencia de sus estándares del vida. Si bien el sindicalismo ha podido reducir los daños no ha sido lo suficientemente eficaz para detenerlos. Las masas están desesperadas, impacientes en busca de un cambio para obtener resultados concretos. Por tanto han sacado conclusiones insurreccionales y levantado barricadas. Esta es la lección que nos dejan estas últimas semanas. El movimiento obrero debe encausarse y organizarse. De otra forma los nacionalistas ganarán influencia en el futuro.

Los nacionalistas de derecha están tomando ventaja política y organizativa de la debilidad organizativa de la clase trabajadora debido a la estrechez de miras de los reformistas. La transformación del Partido Comunista por los dirigentes de los 1990 culminó con la disolución del programa del partido y la reconciliación con políticas pro capitalistas. El colmo fue que se lidereó las privatizaciones más importantes en el gobierno de Josepin (1997-2002). Esto debilitó seriamente la organización en el núcleo más consciente y militante de la clase obrera y con ello de toda la clase. Hoy en día ya existe una oposición en las bases a estas políticas conciliadoras. La debilidad organizativa de las bases del partido (que cuenta con 50,000 efectivos con cuotas pagadas) se ha vuelto el principal obstáculo a vencer. Se necesita de una organización que pueda aparecer como una opción fuerte y militante a los ojos de la clase obrera. No está descartado que Melenchon pueda ganar las próximas elecciones presidenciales. Es muy pronto para sacar un pronóstico sobre los próximos tres años especialmente cuando la situación es volátil. Incluso si Melenchon llegara a ganar las elecciones podría dejar muy pronto los elementos más progresistas de su programa. Esto hace imperativo crear una organización alternativo de izquierda de la Francia insumisa. A pesar de todas las dificultades, que son muchas, no hay mejor organización que la existente en el Partido Comunista Francés y la CGT para cumplir con dicha responsabilidad.

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