Por Gilberto Mayoraga

El socialismo es quizá uno de los conceptos más mencionados, debatido y atacados y de los menos comprendidos. Y ocurre así porque representa una de las cuestiones candentes de la política y la economía actual.

En el debate político es frecuente escuchar que se acuse a un rival de ser “socialista”, sobre todo si es de izquierda, sin importar si tal apelativo es exacto o no.

Con esta “acusación” se pretende, pues, descalificar a diestra y siniestra sin parar en mientes.

La realidad detrás de la palabra es sin embargo bastante distinta. El término socialismo describe una corriente de pensamiento socioeconómico que se remonta a principios del siglo XIX y se basa en la búsqueda de la erradicación de la propiedad privada capitalista, con el consiguiente establecimiento de un régimen político de democracia directa. Históricamente el socialismo comenzó en las ideas y planes utópicos de los socialistas franceses Fourier y Saint Simon y el inglés Owen y sus seguidores.

Estos autores, llamados “socialistas utópicos”, se dieron a la tarea de imaginar una sociedad ideal basada en planes racionales y realizaron una crítica a los horrores que el capitalismo dispensaba a los trabajadores de las fábricas y a los desempleados y pobres en general. Pero no pasaron de ahí, dado que pretendían implantar el socialismo como una acción caritativa de los poderosos, convenciendo al mundo de la racionalidad y necesidad de sus planes y haciendo experimentos con colonias modelo para demostrar la viabilidad de sus ideas. Naturalmente, los utópicos tenían que fracasar en sus empeños.

Pero su obra no cayó del todo en el olvido y su crítica al capitalismo no estaba fuera de razón. Con el tiempo, otros autores volverían a hablar de socialismo sobre bases nuevas y el socialismo volvería a estar en la arena política aunque sólo fuese como un espantajo en manos de las clases reaccionarias.

Sería hasta la irrupción de Marx y Engels hacia 1848 cuando una nueva teoría socialista sacudiría las conciencias de los intelectuales y de los trabajadores. Marx y Engels abandonarían definitivamente la idea de imaginar planes minuciosos de cómo organizar una sociedad socialista a la manera de los utópicos. En vez de esto, emprenderían un estudio detallado de la propia sociedad capitalista, a fin de encontrar en su desarrollo las propias semillas de su destrucción, y por tanto, las vías por las que transitaría la sociedad capitalista para transformarse en una sociedad nueva, socialista.

El primer resultado de su trabajo fue el Manifiesto del Partido Comunista. En esta obra y en las que le siguieron y que culminarán con su magna obra: El Capital y con La Guerra civil en Francia, se exponen sólidamente los fundamentos de la vía que recorrerá el capitalismo desde su surgimiento hasta su erradicación a manos de la revolución de los proletarios.

Ahora el socialismo se presenta no como una forma “racional” y “humana” del capitalismo, sino como su antítesis, como su negación, en tanto negación de su fundamento central: la propiedad privada de los medios de producción.

Con frecuencia se escucha en los debates sobre el socialismo, que los socialistas pretenden acabar con la “propiedad privada”, entendiendo como tal toda propiedad de los individuos y familias; la propaganda más grosera llega incluso al extremo de afirmar que se pretende confiscar casas, autos y hasta objetos de uso personal, etc. No se comprende que cuando se habla de propiedad privada capitalista se hace referencia en exclusiva a la propiedad de los medios para producir, se habla aquí de las fábricas, bancos, medios de comunicación y toda la propiedad del Estado, que en lo sucesivo se han de integrar en una sola organización económica al servicio del bienestar de la población, y no como antes, bajo el capitalismo, que sólo estaba al servicio del lucro privado de los capitalistas.

El socialismo es pues, la lucha por un reordenamiento de la economía social, que ya no tendrá como base el interés del empresario, sino el bienestar común, por medio de la supresión de la propiedad sobre los medios para producir, lo que eliminará el derroche y la actual irracionalidad de la producción, cuyo origen se halla en la competencia entre los productores, que genera sobreproducción y favorece la producción de aquello que se vende más, y no de aquello que es más necesario. Por ejemplo, la producción de bienes de lujo innecesarios que tienen un mercado restringido a quienes tienen el dinero de sobra, mientras millones no tienen suficiente para comer.

Así, mientras la producción capitalista dentro de las grandes empresas se organiza con base en el ahorro y la racionalidad, ahorrando cada clavo y organizando científicamente el trabajo, esa misma producción a una escala social se basa en la irracionalidad y el despilfarro, produciendo lo que no se necesita y arrojando a la basura lo que no se vende con ganancia, sin importar la necesidad y el hambre de los trabajadores y del conjunto de la sociedad.

De esto trata precisamente el socialismo, de establecer una economía organizada y racional a escala social, con el objetivo de satisfacer las necesidades del conjunto de la sociedad y no sólo de una minoría.

Para ello, el socialismo se basa en la centralización y planificación de todas las ramas de la economía, con lo que la propia economía deja de ser una maquinaria anárquica, y se transforma en una entidad organizada. Naturalmente tales cambios presuponen una organización política diferente de la actual, basada no en la democracia capitalista, así sea la más avanzada, sino en una democracia proletaria, que apunte a la desaparición de la burguesía como clase, pues para ello el poder del Estado habrá pasado de manos del capital a las del trabajo por medio de la revolución poletaria.

Por todo esto, el socialismo fundado por Marx y basado en el estudio riguroso y científico de la sociedad capitalista, dejó atrás el pensamiento utópico, y también a todos los intentos de reformar la sociedad capitalista, pues como Marx dejó claro, el capitalismo es en esencia irreformable dado que no se basa sino en el interés privado de los dueños del capital, que como clase presionan continuamente por la mayor ganancia para ellos, no por el bienestar común. Y si ésta es la base de la sociedad, todo intento de reformarla se limitará a arrancarles una pequeña parte de sus ganancias para el conjunto social, pero incluso esa pequeña parte volverá tarde que temprano a las manos de la clase capitalista, echando abajo toda reforma por muy bien intencionada que sea. Bajo el pensamiento de Marx, toda utopía o reforma no es sino una roca de Sísifo a la que se busca atar la natural iniciativa revolucionaria de las masas en la lucha por el bienestar y la paz, en favor de la clase dominante.

De lo que se trata entonces, no es ya en vagas apelaciones a la racionalidad o la caridad, sino el llamado a que los trabajadores tomen conciencia de sus propias necesidades, de su papel histórico y de su propia fuerza, y gracias a ello sean capaces de tomar en sus propias manos su destino y el del conjunto de la sociedad.

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