Escrito por: Xavier Molina

“No hay leyes posibles contra el dinero.”

Napoleón Bonaparte.

 
José Antonio Meade aspira a convertirse en presidente de México. Es impulsado por el PRI, PVEM y Nueva Alianza para lograr dicha meta. Como precandidato no ha generado la emoción entre los electores que a diario ven sus spots o se informan en los medios de comunicación de sus actividades. Ni siquiera entre los militantes de los partidos que lo postulan hay un arraigo a su figura.

Ha tenido una precampaña gris. No ha logrado acercársele, en las muy diversas encuestas, a Ricardo Anaya y ni hablemos de la gran distancia que le tiene Andrés Manuel López Obrador en los mencionados sondeos de opinión. Un tercer lugar que parece no puede dejar.

Meade no es capaz de generar que los demás contendientes hablen de sus temas, al contrario, él se ha dedicado a defenderse de los ataques de sus adversarios o debate los temas que le ponen estos a él.

A pesar de su pésima promoción, su falta de arraigo con la gente y de arrastrar los muy altos negativos del actual gobierno de Enrique Peña Nieto, de los gobernadores y exgobernadores del PRI, no se debe de subestimar al dinero que se canalizará a “Pepe” Meade para la campaña presidencial.

El PRI cuenta con tres importantes estrategias para dar batalla en la retención de la primera magistratura del país, insisto, a pesar de su candidato gris y la pésima imagen que tiene su partido.

¿Cuáles son estos tres elementos?

1. Dinero para la compra de votos.
2. Maquinaria electoral (voto duro).
3. Aliados que atomizarán el voto Anti-PRI y el apoyo de grupos que se beneficiarían de su sexenio.

Analicemos:

El PRI cuenta con el voto duro más grande de todos los partidos. Es una maquinaria electoral aceitada con dinero, que tiene una gran capacidad de movilización de agrupaciones sindicales, corporativas, burócraticas y beneficiarios de programas sociales federales y locales. Todo esto se traduce en votos concretos en las urnas. Su estructura incluye desde promotores-movilizadores electorales, representantes de casilla y un ejército de abogados que defenderán el voto en cada casilla.

Destinarán una gran cantidad de dinero para comprar votos, como lo hicieron en la elección presidencial del 2012 y las elecciones para gobernadores a lo largo de este sexenio. Como ejemplo reciente está la acusación de que se canalizó millones de pesos del erario para las campañas del 2016 en Chihuahua y en otros estados (https://www.nytimes.com/es/2017/12/20/el-arresto-de-un-aliado-de-pena-nieto-profundiza-una-investigacion-sobre-corrupcion/).

Otro elemento que fomentarán será la dispersión del voto anti-PRI entre AMLO, Anaya y entre uno o tres independientes que logren la aprobación de su registro presidencial. Esta estrategia ya la utilizaron en el Estado de México, en donde a partir de la división del voto de la oposición, al PRI apenas le alcanzó con el voto duro y la compra del mismo para ganar la gubernatura.

Si se da el escenario en que la contienda sea cerrada, Meade podría recurrir a invitar a uno o dos de sus contendientes a que legitimen su triunfo con la llegada de un posible Gobierno de Coalición, para que sectores representativos de la oposición se integren al nuevo gobierno.

No olvidemos que hay factores reales de poder político, económico y religioso que no quieren dejar de estar presentes en las decisiones más importantes de México en el siguiente sexenio y que se beneficiarían de la llegada de José Antonio Meadea la presidencia de México.

Una elección no se gana sólo con tener altas preferencias en las encuestas y menos en un país como México, en donde el voto corporativo y clientelar tiene aún un peso importante para definir elecciones. Por eso su adversarios políticos, no deben de subestimar a Meade.

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