Por Gilberto Mayoraga

En febrero pasado, Napoleón Gómez Urrutia “Napito” fue incluído en la lista de candidatos por vía plurinominal al Senado por Morena.

El nombre de Napoleón apenas necesita presentación, hijo de Napoleón Gómez Sada, heredó de su padre la dirección del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana (SNTMMSRM). En su momento el sindicato fue el líder de la representación de los obreros mineros y metalúrgicos y siempre fue un fiel aliado del PRI y de la burguesía.

Gómez Sada aspiraba a que su hijo “Napito” escalara en el PRI y llegara a ser gobernador de Nuevo León, razón por la cual éste último estudió en universidades extranjeras y obtuvo cargos en el gobierno federal por recomendación de su padre, llegando a ser director de la Casa de Moneda. Asimismo aspiraba a que Napito se convirtiera en un miembro “respetable” de la clase burguesa neoleonesa, dejando atrás el pasado proletario de la familia. Nada de esto se logró, durante el gobierno de Zedillo, Napito fue echado de la Casa de Moneda y nunca fue aceptado en la “élite” regiomontana.

Gómez Sada entonces, maniobró para que su hijo heredara el cargo de líder del sindicato, maniobra arbitraria y a todas luces sin bases legales que acabó por dividir al sindicato.

En los años sucesivos y tras una serie de enfrentamientos con los consorcios de Peñoles y Grupo México, Napito no resistió el asedio de los sucesivos gobiernos de Fox y Calderón y debió partir al exilio en Canadá; el sindicalismo al estilo de los viejos satélites priístas ya no era útil a los gobiernos empresariales del PAN, que buscaban a toda costa implantar el sindicalismo “de protección”, meramente de trámite, y no toleraban que Napito, como Gómez Sada, participara de las luchas entre los consorcios que se disputan la industria minero-metalúrgica: Altos Hornos, Arcelor-Mittal, Grupo México, Villacero, etc., pues gran parte de la lucha del sindicato se inscribe en el marco de las pugnas interburguesas y poco en la lucha de los propios trabajadores por mejorar su nivel de vida.

Además, como Gómez Sada, Napito fue acusado de acumular una fortuna a costa del sindicato. Nada, pues, diferencia a Gómez Urrutia de los otros líderes corruptos amparados por el PRI durante décadas.

Pero el hecho de que haya sido perseguido por los gobiernos panistas al servicio de Grupo México y las mineras canadienses, cubrió a Napito del halo de “perseguido político”, algo que hizo que sectores de la izquierda pasaran por alto la historia del corporativismo sindical de la que él es producto y a la vez partícipe y cómplice.

Por ello, una candidatura de Gómez Urrutia en Morena no puede sino considerarse parte de la deriva derechista que se observa en Morena, no se trata de un “error”, sino que es coherente con una línea política que se ha impuesto de cara a la campaña de 2018: se ha impuesto la línea de sumar votos vengan de donde vengan y de sumar cuadros de la derecha ya sea panista o priísta, con el fin de asegurar el triunfo electoral. Pero también revela la concepción política del círculo lopezobradorista, para el que la lucha popular no tiene futuro, sino solamente la lucha entre “élites” económicas y partidistas.

Esta concepción se ha abierto paso en realidad desde 2006, cuando se desmovilizó a los militantes en la lucha postelectoral, pero ahora se ha impuesto sin ambages, prácticamente sin oposición interna. Esta campaña busca abiertamente cerrar el periodo de lucha popular que se abrió en 1988 con el Frente Democrático Nacional y que llegó a su clímax en 1994 con la insurrección zapatista, movimientos que llevaron al derrumbe del PRI en 2000, lo que, sin embargo fue aprovechado por la derecha para reciclarse en el PAN, expropiando el triunfo popular.

Ahora la dirigencia de Morena nos lanza el mensaje claro y sin subterfugios de que el periodo de movilización popular se ha cerrado y que lo que queda es acordar con los vencedores, o sea la clase burguesa y el Estado burgués narco-priísta, un gobierno “austero”, “modernizado” y sobre todo de “conciliación”, que mantenga la explotación y la supremacía capitalista a cambio de una pequeña mejora en el nivel de vida de las masas (siempre que eso sea “posible”).

Naturalmente los marxistas mantenemos que es necesario que el régimen prísta debe ser derrotado en las urnas en 2018, pero también estamos obligados a denunciar esta política liquidadora que está alistando cuadros, como Gómez Urrutia, que eventualmente serán lanzados contra los trabajadores pretextando el “bienestar de todos”.

Con datos de: Francisco Cruz Jiménez. Los amos de la mafia sindical. 1a, 2013.

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