Escrito por: Gilberto Mayoraga

Finalmente, el Gobierno federal encabezado por Peña Nieto designó al candidato que contenderá en la elección federal de 2018 con las siglas del PRI; se trata del exsecretario José Antonio Meade, que se ha desempeñado en las carteras de Hacienda, Relaciones Exteriores, Desarrollo Social y Energía; pero también anteriormente dirigió la CONSAR, Financiera Rural y el IPAB. Así, su perfil es claramente el correspondiente a un “tecnócrata” un funcionario financiero que ha servido tanto a los gobiernos del PAN como del PRI.

Meade nunca ha contendido por un cargo de elección, al igual que la mayoría de los tecnócratas que le han precedido en la candidatura presidencial, de hecho Meade ni siquiera milita en el PRI, y esto es un fiel indicio del nivel de autoritarismo que reina en ese partido, que no realizó ni siquiera un simulacro de discusión de la candidatura, sino que sólo fue la escenografía en la presentación de Meade.

Tanto el perfil de Meade como su imposición constituyen mensajes claros, tanto a los intereses extranjeros como al pueblo de México. La candidatura de Meade significa el compromiso de los círculos políticos gubernamentales con los capitales financieros extranjeros: es el mensaje de que si ellos conservan el poder mantendrán el ritmo de las privatizaciones, la entrega de recursos naturales (sobre todo petroleros y mineros) y que México se mantendrá al corriente del pago de su deuda. En pocas palabras, Meade significa el sometimiento del Estado mexicano al capital financiero internacional.

El mensaje que se manda al pueblo de México, al poner al frente a quien fue responsable del saqueo de las finanzas públicas a través del rescate bancario (IPAB) y del sacrificio del dinero público en el altar de la deuda externa, es que seguirá el empobrecimiento de la mayoría. Pero además, tiene sentido que Meade sea un defensor de la “teoría” de que para acabar con la pobreza primero hay que favorecer a los capitalistas con rebajas de impuestos, lo que supuestamente acabará por beneficiar a toda la sociedad. Es una “teoría” que sólo sirve para favorecer a la clase capitalista a trasmano, haciendo más ricos a los ricos, a costa de las finanzas públicas, o sea, del bienestar del pueblo.

La de Meade es, por tanto, una candidatura plenamente capitalista, tanto en la forma como en el fondo; Meade no es sino un representante de la clase dominante que ha sido puesto al frente del partido de la clase capitalista, el PRI; no representa sino la continuidad de la política neocolonial inaugurada con López Portillo tras la bancarrota del desarrollismo. La suya es una política caracterizada por la entrega total de la economía a la clase capitalista internacional, la misma política que ha sido acatada fielmente por todos los gobiernos del PRI y del PAN.

Esto es, a la explotación de los trabajadores en los centros de trabajo, se unió el saqueo de los recursos que debieron emplearse en salud, educación y esparcimiento. Por ello, los grupos políticos y económicos que han llevado a Meade a la candidatura presidencial, no son otros sino los de la coalición de intereses entre el Estado y los capitalistas, que en otros lados hemos definido como Capitalismo Monopolista de Estado.

Por esta serie de circunstancias, la candidatura de Meade se ha erigido en la candidatura del régimen, pero sin perder de vista la de Anaya con el PAN (que tiene al PRD como comparsa), pues no se puede descartar que se repita el escenario del año 2006, cuando ante la incapacidad de Madrazo, un candidato tan poco relevante por sí sólo como lo es Meade, la clase capitalista optó por el panista Calderón, por ese entonces un candidato tan gris como Anaya.

Tanto el PRI como el PAN apuestan a evitar que la candidatura de la izquierda logre triunfar, por ello, la derrota de Meade (y de Anaya) sería la derrota del régimen, y no sólo de la candidatura del PRI: sería un golpe directo a todo el entramado político y financiero que ha construido el capital a golpe de la explotación de los trabajadores, del saqueo del dinero público y la corrupción, del saqueo de los recursos naturales, de la imposición del narcoterrorismo y el despotismo de Estado que acaban siendo uno mismo, etc.

Por ello se requiere la unidad clara de táctica y estrategia de la izquierda para obtener la victoria frente a la candidatura del sistema que encabeza Meade, cuya derrota en la eleción plebiscitaria de 2018 es la principal tarea inmediata, aunque no la única, de toda la izquierda.

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