Escrito por: Edgar López

El pasado 12 de mayo, la presidente del Brasil Dilma Rousseff, fue destituida temporalmente de su cargo por la cámara de Senadores acusada de «crimen de responsabilidad» por encubrir déficit presupuestarios y engrosar las arcas con préstamos de bancos estatales, esto durante su campaña de reelección en 2014. El juicio conocido como impeachment iniciado contra Dilma, puede durar hasta 180 días, donde finalmente se realizara otra votación en el senado para determinar si continúa en la presidencia o es separada definitivamente. De los 88 senadores, 55 se pronunciaron a favor de separar a Dilma, mientras que 22 votaron en contra. Irónicamente el 61 por ciento de los actuales senadores están acusados de corrupción. Entonces, ¿Qué intereses de clase se mueven detrás de este acto hipócrita por parte de los senadores corruptos?

Después de muchos años de crecimiento y desarrollo de fuerzas productivas, Brasil está entrando en crisis económica. Esta crisis es parte de la crisis mundial del capitalismo que afectara a todos los países de una u otra manera, todos aquellos cuentos de los economistas burgueses que podían existir países inmunes a la crisis mundial se están desmoronando. El denominado grupo BRICS, formado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, no tardaran en entrar en crisis; de hecho Brasil y China ya están mostrando síntomas. Los déficits fiscales de estos países son enormes, por lo cual la oligarquía buscara que sean los trabajadores quienes paguen la crisis a través de las medidas de austeridad.

El fracaso del reformismo

Dilma Rousseff asumió un segundo mandato como presidenta de Brasil en enero de 2015, sin embargo la derechización y burocratización del PT era más que evidente, al grado que para ganar tuvo que ir en coalición con el Partido de Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) un partido de centro-derecha (el mismo que traiciono a Dilma para poner al actual presidente interino Michel Temer). Dilma siguió utilizando un discurso izquierdista, sin embargo una vez en el gobierno, no tardó en implementar fuertes medidas de austeridad contra la población. Durante la década pasada, la economía brasileña fue de las más prosperas, lo que permitió a Lula maniobrar entre la burguesía y el proletariado para mantener cierta “paz social”; no obstante, toda esa prosperidad se ha roto con la crisis económica, por lo que ahora existe un fuerte jaloneo entre las clases para ver quién pagara la crisis.

El gobierno de Lula da Silva fue elogiado muchas veces por los propios economistas burgueses e incluso por el propio imperialismo. No era un gobierno socialista como el de Hugo Chavez, (del cual Lula siempre mantuvo su distancia), sino que se reivindicaba como un gobierno de “izquierda moderna”, de esos que buscan preservar al capitalismo a través de la conciliación de las clases sociales. Nada más alejado de la realidad. Dentro del sistema capitalista la conciliación de las clases es imposible; mientras exista prosperidad económica los trabajadores se pueden ver beneficiados con migajas grandes, pero cuando estalla la crisis económica el sistema muestra su verdadera cara con los trabajadores.

Una alternativa socialista para Brasil

Cuando Lula da Silva llego al gobierno de Brasil en el año 2003, llego gracias al descontento y la sed de cambio de millones de personas que veían al PT como una alternativa para mejorar sus condiciones de vida. Al principio el PT pudo realizar grandes concesiones a los obreros, los cuales sintieron al gobierno como propio. No obstante, la política reformista de Lula da Silva de no querer romper con el capitalismo y de convivir en paz con la oligarquía, termino por destruir al PT el cual se ha visto envuelto en varios casos de corrupción. Mientras el capitalismo exista, la corrupción también existirá, minando y destruyendo a las organizaciones de los trabajadores. Por eso los trabajadores deben destruir al capitalismo y expropiar a los oligarcas cuando tengan la oportunidad, de lo contrario en tiempos de crisis económica la oligarquía resurgirá arrasando con todo.

Lula y el PT perdieron durante muchos años la oportunidad de llevar a Brasil hacia un gobierno auténticamente socialista; en lugar de expropiar a la oligarquía la hizo su socia; en lugar de fomentar la cooperación y solidaridad con los demás gobiernos de izquierda de América Latina busco la alianza con países de derecha como Rusia; en lugar de buscar la austeridad y el combate a la corrupción, Lula se ha prestado a recibir pagos de hasta 8 millones de dólares por dar supuestas conferencias. Aun así, Lula da Silva encabeza las preferencias para las elecciones presidenciales de 2018, y no porque sea el mejor candidato, sino porque el pueblo brasileño no permitirá que regrese la derecha con sus vínculos inmediatos a la dictadura militar, que siguen estando frescos en la conciencia de los trabajadores.

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