Por Gilberto Mayoraga

A propósito de los “megaproyectos” que han sido lanzados por el flamante nuevo gobierno, o sea, la construcción del tren maya, del corredor transístmico, etc., conviene apuntar algunas notas metodológicas desde el punto de vista del marxismo.

Los debates y discusiones al respecto han girado fundamentalmente en torno a si se trata de proyectos que benefician o perjudican a los trabajadores y las comunidades. Ha sido una discusión que gira en torno a la cuestión del progreso en abstracto y no se ha reparado en las bases económicas de los mismos megaproyectos y de su impacto en la lucha de clases a nivel nacional.

Es decir, ha quedado fuera de la discusión lo que estos “megaproyectos” representan para el desarrollo del capitalismo en las regiones del sureste y en general en nuestro país. Es más que claro que los megaproyectos corresponden a los intereses de los grandes consorcios, tanto del sector de la construcción como de los energéticos y del transporte, tales proyectos sólo pueden ser llevados a cabo por las mayores empresas, los consorcios monopólicos. Se dice que Carlos Slim, Alfonso Romo, Larrea, Bailleres y sus empresas están plenamente involucrados. Se trata pues, de los intereses de los monopolios que controlan la economía del país y que se mueven en pos del lucro y el poder, mas no del bienestar público.

Es demasiado ingenuo pensar que del lucro y del creciente poderío de los consorcios puede desprenderse el bienestar de las masas trabajadoras. Cuando muchos simpatizantes de Morena defienden los megaproyectos ciertamente lo hacen por una manifiesta filia partidaria, que no por una verdadera conciencia de lo que implica el auge del monopolismo y del poderío del capitalismo. Estos grupos de simpatizantes se conducen con una lógica de grupo en la cual atacan a todos aquellos personajes y grupos que manifiesten alguna oposición a López Obrador, así sea desde la izquierda. Estos simpatizantes no demuestran tener una línea de izquierda y ni siquiera realmente una iniciativa propia.

Por ello, las contradicciones, los golpes de timón, las concesiones a la oligarquía, pesan y desmoralizan, pero sobre todo, aumentan la virulencia de grupos que se han movilizado sin tradiciones políticas ni un pensamiento de izquierda, por lo que no han tardado en apelar a los prejuicios racistas, clasistas y religiosos de siempre para “argumentar” sus posiciones.

Esto ha conducido a ignorar los efectos del crecimiento del gran capital a costa de las poblaciones, de los trabajadores, de los pequeños productores y del medio ambiente. Indudablemente la irrupción de los consorcios en el sureste mexicano traerá una oleada de devastación ecológica, de despojo de tierras y ruina para las economías locales. No puede ser de otra manera frente al interés de los grandes capitalistas. Nada puede hacer, aunque lo quisiera, la intervención del gobierno: una vez abiertas las puertas a los tentáculos del capital, éste se expande hasta asfixiar a los más débiles, sometiendo cada grupo y comunidad a su lógica.

Tiene que comprenderse que con el capitalismo no hay opciones, es un sistema que genera millones de “perdedores” por cada “ganador”, todo lo demás son demagogia y buenas intenciones.

Por otra parte, también es innegable que todo el sureste mexicano se halla en un proceso de descomposición económica, no de ahora, sino deesde hace más de 150 años por lo menos, Pues se trata de una serie de regiones donde el intercambio mercantil, el trabajo asalariado y la formación de capital han sido desde hace mucho tiempo las formas dominantes de la economía.

El desarrollo del capitalismo en el sureste, aunque rezagado con respecto al del centro del país o de los estados del norte, es irreversible.

Lo que vemos aquí, con los megaproyectos es el avance del gran capital, aliado (provisionalmente) al gobierno de López Obrador para someter y absorber al pequeño capital local del sureste. Es una guerra económica en la que el pequeño capital, pese a ser numeroso, tiene pocas posibilidades de salir victorioso, salvo que los megaproyectos se hundan o cancelen. Y aún en este caso sólo podría hablarse de un triunfo temporal y de poco alcance en términos históricos.

La posición de los marxistas en el conflicto entre el gran capital y el pequeño capital tiene dos dimensiones, por decirlo así: una dimensión económica y una dimensión política.

La dimensión económica se refiere al carácter inevitable del triunfo de las formas más desarrolladas del capital sobre las formas menos desarrolladas, al triunfo final de los monopolios sobre los pequeños fabricantes, comerciantes y agricultores, que desaparecen como la forma predominante del capital y que en adelante sobreviven como meros apéndices subsidiarios del gran capital; que pasan de ser agentes independientes a convertirse en meros clientes, proveedores minoritarios, o mera fuente de mano de obra calificada para los consorcios.

Este paso inevitable del capitalismo a forma superiores se observa universalmente y nuestro país lo ha presenicado a lo largo de su historia como país independiente.

Los marxistas han estudiado concienzudamente este proceso en el mundo y en México, y han dejado en claro que son partidarios del desarrollo del capitalismo hacia formas superiores, siempre y cuando este desarrollo contribuya a crear una poderosa fuerza de clase proletaria, numerosa, disciplinada y organizada, o sea, en tanto el avance capitalista fortalezca a la clase trabajadora y siente las bases materiales mismas para crear las organizaciones revolucionarias que se conviertan en los propios destructores de toda forma de capitalismo.

En tanto las formas atrasadas de capitalismo son menos propicias para crear, disciplinar y organizar a la clase proletaria, son menos deseables para los marxistas.

Así, en cuanto a la dimensión económica de la cuestión de los megaproyectos, los marxistas no se les oponen; en tanto creen una base proletaria para la revolución socialista, pero tampoco creen que éstos desarrollos habrán de conducir a ningún progreso o avance duradero para los trabajadores ni para sus comunidades ni para el medio ambiente.

Por otra parte está la dimensión política de los megaproyectos.

En tanto que el desarrollo de los grandes proyectos del capital no pueden sino causar destrucción y caos en la vida de las comunidades, expoliación de los pequeños propietarios y productores, arrojar a la miseria de la mayoría de ellos, despojar las tierras y pequeñas propiedades, y causar graves daños al medio ambiente, los marxistas tienen que hacer una clara denuncia del capitalismo ante los afectados de los proyectos, deben organizarlos para lograr mejores términos en su lucha contra el gran capital, pero al mismo tiempo tienen que concienciarlos de que su enemigo no sólo es el gran capital sino el capitalismo en general.

Los marxistas tienen que estar políticamente con las masas despojadas y afectadas por el gran capital, respetando su oposición a los megaproyectos, potenciando su organización, denunciando las afectaciones, los despojos, las contradicciones del proceso, las grandes ganancias del capital a costa de la destrucción del entorno social y natural; en suma, aunque los marxistas consideran el proceso de sustitución del capital pequeño por el grande como algo históricamente positivo y prefieren el campo de batalla de la gran producción, en tanto este progreso no surja y aún se consolide, deben tomar partido decididamente por los afectados por los proyectos, siempre enfocándose en la organización, la difusión del marxismo, y buscando liberar a las masas de las ilusiones de la pequeña producción, denunciando al capitalismo en general y no sólo al gran capital como la fuente de las contradicciones, la expoliación y la explotación.

El camino no es, pues, sencillo, pues se trata de luchar no sólo contra el gran capital, sino contra las ilusiones del pequeño capital, quizá más difíciles de erradicar y que han echado raíces en los prejuicios populares, incluso entre los mismos proletarios, que llegan a aspirar a poseer una pequeña propiedad como forma de independencia económica. Esto está muy presente en el mundo y más aún en un país como México, con largas tradiciones campesinas que aún evocan las aspiraciones de las luchas revolucionarias de los siglos XIX y XX.

Al mismo tiempo, los marxistas no pueden apostar a posturas economicistas vulgares que esperan todo del desarrollo del capitalismo, que esperan que los megaproyectos formen por mera inercia las masas proletarias revolucionarias ya listas para ponerse a las órdenes de los militantes revolucionarios; eso es una caricatura del desarrollo histórico y del marxismo. Las masas revolucionarias solo se formarán como el sedimento de muchas luchas contra el capital a través de diferentes fases de su desarrollo.

Los marxistas, en suma, deben apostar hoy y siempre por las masas en tanto éstas se movilicen contra el capital, pero aspirando siempre a que se movilicen contra el capitalismo en general y no sólo contra el gran capital.

Los marxistas deben llegar incluso a encabezar la lucha contra los megaproyectos, pero considerando siempre que toda victoria que se obtuviera sería parcial en términos económicos y acaso puede ocurrir que sólo se lleguen a obtener mejores precios para las tierras despojadas, mejores salarios para los trabajadores y un margen de bienestar un poco mayor para las comunidades. En términos políticos, el triunfo sólo puede consistir en la formación de organizaciones fuertes y disciplinadas, en el reclutamiento de militantes marxistas y en general en la politización y movilización de masas a escala local, regional y nacional; o sea, en sentar las bases de una lucha por el socialismo, una lucha contra toda manifestación del capitalismo y no sólo contra el gran capital monopolista.

Desde luego, en términos prácticos, se trata de un terreno todavía por explorar y va a requerir a toda una serie de experiencias y estudio pues no es una cuestión sencilla u obvia, por el contrario, sólo puede resolverse en la práctica política.

Los marxistas no se atan el destino de los megaproyectos del gran capital, incluso si éstos llegan a ser cancelados, eso no revertirá la marcha del capitalismo, tarde que temprano, el capital evolucionará desde las formas poco desarrolladas a las más desarrolladas. Lo importante para los marxistas debe ser la organización de las masas y su paso a posiciones socialistas.

Por eso, frente a los megaproyectos del actual gobierno, los marxistas deben ponerse sin cortapisas del lado de las comunidades afectadas, apoyando sus organizaciones y movilizaciones, pero siempre haciendo énfasis en que la lucha debe ser contra el capitalismo en sus múltiples formas y grados de desarrollo y no solamente contra los grandes capitales representados por los Slim, los Romo, Larrea, y sus aliados imperialistas extranjeros.

PS.

Las divergencias en el movimiento obrero europeo (Fragmento).

Por V. I. Lenin, septiembre 1910.

(Tomado de www.marxists.org)

«Además, el ritmo de desarrollo del capitalismo no es el mismo en los diversos países y en las distintas ramas de la economía nacional. La clase obrera y sus ideólogos asimilan el marxismo de modo más fácil, más rápido, más completo y más firme en las condiciones de máxirno desarrollo de la gran industria. Las relaciones económicas atrasadas o las que se van rezagando en su desarrollo conducen siempre a la apa- rición de partidarios del movimiento obrero que han asimilado sólo algunos aspectos del marxismo, algunas partes aisladas de la nueva concepción del mundo o consignas y reivindicaciones aisladas, sin sentirse capaces de romper decididamente con todas las tradiciones de la concepción del mundo burguesa en general y de la democráticoburguesa en particular.

Además, el carácter dialéctico del desarrollo social, que se produce en medio de contradicciones y a través de contradicciones, constituye una fuente permanente de discrepancias. El capitalismo es progresista porque destruye los viejos modos de producción y desarrolla las fuerzas productivas; pero, al mismo tiempo, al llegar a un cierto grado de su desarrollo, comienza a frenar el incremento de las fuerzas productivas. El capitalismo desarrolla, organiza, disciplina a los obreros, pero también aplasta, oprime, causa la degeneración, la miseria, etc. El propio capitalismo crea su sepulturero, el mismo crea los elementos de un nuevo régimen; pero, a la vez, sin un «salto», estos elementos aislados no cambian en nada el estado general de las cosas, no afectan en nada al dominio del capital. El marxismo, como teoría del materialismo dialéctico, sabe explicar estas contradicciones de la vida real, de la historia palpitante del capitalismo y del movimiento obrero. Ahora bien, es evidente que las masas aprenden de la vida, no de los libros, por lo que algunas personas o grupos siempre suelen exagerar y erigir en teoría unilateral, en sistema táctico unilateral tal o cual rasgo del desarrollo capitalista, tal o cual «enseñanza» derivada de este desarrollo.

Los ideólogos burgueses, los liberales y los demócratas, que no comprenden el marxismo ni el movimiento obrero moder- no, saltan constantemente de un extremismo impotente a otro. Ya pretenden explicarlo todo diciendo que gentes malignas «azuzan» a una clase contra otra, ya se quieren consolar con la idea de que el partido obrero es «un partido pacífico de reformas». Producto directo de esta concepción del mundo burguesa y de su influencia son, a la vez, el anarcosindicalismo y el reformismo, que se aferran a uno de los aspectos del movimiento obrero, que elevan la unilateralidad en la teoría, declarando incompatibles entre sí las tendencias o rasgos del movimiento obrero que forman la peculiaridad específica de tal o cual período o de unas u otras condiciones en que actúa la clase obrera. Pero la vida real, la historia real abarca a estas distintas tendencias, del mismo modo que la vida y el desarrollo de la naturaleza comprenden tanto la lenta evolución como los saltos bruscos, rupturas en la continuidad.

Los revisionistas consideran fraseología todos los razonamientos acerca de los «saltos» y del antagonismo de principio entre el movimiento obrero y toda la vieja sociedad. Ellos consideran las reformas como una realización parcial del socialismo. El anarcosindicalista rechaza la «labor mezquina», sobre todo la utilización de la tribuna parlamentaria. De hecho, esta última táctica se reduce a la espera de los «grandes días», sin capacidad para concentrar la fuerza que crea los grandes acontecimientos. Unos y otros frenan lo que es más importante y más apremiante: la agrupación de los obreros en organizaciones grandes, poderosas, que funcionen bien y capaces de funcionar bien en todas las circunstancias, en organizaciones impregnadas del espíritu de la lucha de clases, que tengan una visión clara de sus objetivos y estén educadas en una verdadera concepción marxista del mundo.»

Periódico Revolución
Sobre el Autor: Periódico Revolución
Es una publicación impresa y digital, como un esfuerzo de Morena Socialista para recuperar la teoría marxista al interior del partido morena.