Por Gilberto Mayoraga

En la ciudad fronteriza de Matamoros ha estallado un movimiento huelguístico que afecta a las industrias maquiladoras automotrices y otras asentadas en esta localidad, aproximadamente 20 empresas.

Con el pretexto de que era suficiente con el aumento de salarios decretado por el gobierno federal, los patrones se negaron a realizar el incremento anual y a entregarles a los trabajadores un bono anual de 3 mil 300 pesos, lo que desató el movimiento de huelgas.

Como era de esperarse, los capitalistas respondieron con el conocido arsenal de descalificaciones, despidos (se habla ya de 1000 despidos) y esquirolaje; y amenazaron ya con cerrar las fábricas y sacarlas de Matamoros, para ello han contado con los servicios de las autoridades del gobierno estatal para desconocer las huelgas a través de su Junta de Conciliación y arbitraje.

Pese a esto, los huelguistas no han cedido, pues se enfrentan a un estado de miseria heredado del pasado, en promedio estos trabajadores ganan 1.5 salarios mínimos, y con los aumentos apenas podrían salir adelante en una región donde el costo de vida es elevado.

Aquí el nuevo gobierno se enfrenta por primera vez a un conflicto de clases directo. Mientras los medios de comunicación se esmeran en darle cámaras y micrófonos al movimiento de huelga esperando que así sea tomado como una descalificación del gobierno, el gobierno mismo ha sido fiel a su posición de conciliador de la lucha de clases intentando acercar a las partes.

Si bien no se puede responsabilizar directamente al gobierno de AMLO de esta situación, heredada del esquema maquilador del salinismo, sí puede advertirse que el afán de conciliar puede llevar a escamotear las razones detrás de los conflictos, pues no se puede presentar a las partes que se enfrentan como equivalentes, no se puede comparar la fuerza de empresarios y líderes sindicales corruptos que esquilman millones a los trabajadores y que tienen de su lado al gobierno del estado, a la policía y a los medios de comunicación masiva con esos mismos trabajadores que ganan 1.5 salarios mínimos, con lo que apenas alcanzan a sobrevivir. Finalmente, en el marco de estos conflictos, la conciliación tiene límites, y se tiene que dar la razón a una de las partes, en ese momento el gobierno corre el riesgo de quedar mal con todos al intentar quedar bien con todos.

Por otra parte, la base de la discusión sobre salarios de los trabajadores se ha mantenido estrictamente en los márgenes del razonamiento burgués vulgar, pretendiendo que el trabajo de los obreros es un “privilegio”, como si se les hiciera un favor “trayendo” la industrias que los explotan, cuando son ellos, los capitalistas, los privilegiados, los que se llevan los beneficios de la actividad productiva a cambio de un salario ínfimo.

Es sobre la base de esta vulgar economía política que se nos hace quiere hacer tragar el embuste de que los bajos salarios son beneficiosos para todos, ya que, según los capitalistas y sus loros mediáticos, los bajos salarios atraen a las empresas, y propician el desarrollo de las regiones, pero esto es falso. Los bajos salarios sólo atraen cierto tipo de empresas y obstruyen el desarrollo de otras empresas más rentables, pues mientras los salarios se mantienen bajos, la calidad y complejidad del trabajo es inferior y por tanto no apta para desarrollar productos más caros y sofisticados.

Así, no es el alza salarial, sino lo contrario, los bajos salarios, lo que bloquea el desarrollo, al impedir la formación de trabajadores con mejor salud, medios para educarse, mejor esparcimiento y que por tanto serían capaces de realizar un trabajo de mayor complejidad y calidad, más competitivo dentro y fuera del país.

Pero la realidad es que tanto la burguesía en México como su Estado son lo suficientemente mediocres y explotadores como para no darse cuenta de esto y limitarse a obtener ganancias rápidas mediante una explotación de la pura mano de obra. Sólo un potente movimiento sindical, democrático y disciplinado será capaz de echar atrás esta lógica depredadora que hasta ahora el mismo gobierno de AMLO no ha sido capaz de cuestionar; y aunque se ha esforzado por deslindarse de algunos líderes sindicales corruptos como Romero Deschamps, en cambio se ha aliado con otros como Napoleón Gómez Urrutia.

Vuelve a quedar claro que bajo el capitalismo, la liberación de los trabajadores sólo puede ser obra de los mismos trabajadores.

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