Por Gilberto Mayoraga

Los procesos revolucionarios de principios del siglo XX en México, tienen como nota característica la participación de las masas populares. Contra la opinión de cierta crítica que considera a la Revolución Mexicana (y en general a las revoluciones sociales) como una pugna entre élites que se enfrentan para obtener el poder, pugna en la que las masas no son más que carne de cañón que se sacrifica en favor de tal o cual facción, la realidad histórica, cuando se la investiga un poco más a fondo, arroja la convicción de que las masas juegan el papel dominante en el surgimiento, evolución y desenlace de todas las revoluciones.

Es de resaltar que los más recientes trabajos historiográficos han rescatado la participación consciente y activa de las masas a todo lo largo de los procesos revolucionarios de 1906 a 1920. Las masas actuaron de manera consciente por cuanto tenían reivindicaciones y agravios perfectamente claros, pero esto no explica todo, pues las reivindicaciones y agravios han sido la nota dominante desde la irrupción de las sociedades clasistas en la historia humana, y no siempre esas reivindicaciones y agravios conducen a una revolución.

Lo que transforma una situación de agitación social en una revolución es precisamente el hecho de que las masas se hagan de un programa de transformación de la sociedad en beneficio de sus intereses, y que se hagan de la convicción de que ese programa puede ser implementado, con violencia si es necesario, y además, se debe crear una situación en la cual las “élites” dominantes enfrenten un proceso de escisión a su interior que abra una brecha por medio de la cual se pueda infiltrar el programa revolucionario.

Estas características de los procesos revolucionarios han infundido una gran confusión en los historiadores, la mayoría de los cuales se han formado (o más bien “deformado”) en las tradiciones conservadoras del capitalismo por lo que en la mayoría de las “escuelas” históricas se infunde habitualmente un santo horror a los procesos revolucionarios, a los cuales se intenta conjurar en los libros y artículos, ya sea interpretando las revoluciones como meras revueltas del “populacho” engañado por aventureros o presentandolas como meras intrigas de grupos de poder que todo lo mueven tras bambalinas.

Estas interpretaciones de la revolución se pueden encontrar prácticamente en cada libro académico de una manera más o menos velada o de manera más abierta y hasta descarada en ciertas obras de divulgación de autores de gran tirada que reúnen una buena pluma con una mitomanía galopante.

En definitiva, la historia no puede dejarse a los diletantes con o sin título, la historia no es pasado sino presente y es más una interpretación del propio presente, que rememora el pasado, que un mero reflejo de sucesos pasados. Pero cuando nos conducimos en los temas históricos con los criterios científicos del materialismo histórico, se puede construir una interpretación que no sólo será una visión certera y cercana a la realidad de lo que realmente ocurrió, sino que se convertirá en un arma ideológica contra los dogmas liberales acerca de los procesos revolucionarios.

En particular los procesos revolucionarios de 1906-1920 son anatema para la ideología burguesa, pues la lucha de la gran burguesía a lo largo del siglo XX fue un continuo exorcismo de los fantasmas de los principales revolucionarios de la época: los Flores Magón y su Partido Liberal Mexicano, Pancho Villa y su División del Norte y Emiliano Zapata y el Ejército Libertador del Sur. Y estos exorcismos no eran gratuitos, pues se trataba de la lucha ideológica que correspondía a la lucha contra las reformas emanadas de aquella revolución y que se plasmaron en la constitución de 1917 y en el programa de gobierno de Lázaro Cárdenas en la década de 1930. Las masas que integraban esas fuerzas revolucionarias han sido sistemáticamente olvidadas, ignoradas y reducidas a mera masa sublevada en el mejor de los casos o en el peor a carne de cañón al servicio de grupos de poder. En todo caso, la historiografía, hasta hace poco, se ocupaba de las nimiedades más elementales de la vida y obra de los líderes revolucionarios, obviamente para desacreditarlos, pero de lo que se trataba era de desacreditar a las fuerzas revolucionarias sin siquiera mencionarlas.

Lo que revelan trabajos señeros como los de Katz, Womack, Salmerón y Ávila, etc., es que precisamente el motor de los grupos revolucionarios no fue de ninguna manera un líder iluminado, sino que las propias masas se pusieron en movimiento con un programa revolucionario fraguado en prolongados debates durante años y decenios previos y que una vez que se presentó la división del grupo gobernante se produjo la irrupción popular en el terreno político-militar, dándose de hecho sus propios liderazgos electos en un proceso realmente democrático (por lo menos en los casos del villismo y del zapatismo), en el marco del cual se escogió libremente a aquellos líderes que demostraron su claridad política y sus méritos militares, o sea, bravura, arrojo pero también pericia y don de mando, o sea, verdadero liderazgo en una lucha de vida o muerte. Ni Villa ni Zapata fueron el producto de grillas y luchas soterradas sino que fueron las cabezas visibles de toda una estructura política creada por las mismas masas para enfrentar la crisis general del sistema porfiriano.

Baste recordar que el 29 de septiembre de 1913 en La Loma, Durango, en la reunión de los líderes guerrilleros de Chihuahua que luchaban contra Huerta, Villa fue electo jefe del recién formado ejército del Norte, y su mando fue refrendado en 1914 cuando Carranza pretendió relevarlo en medio del avance sobre Zacatecas, pues deseaba evitar que Villa llegara primero a la Ciudad de México; Villa entregó su renuncia al mando pero los jefes de la División del Norte se insoburdinaron a la orden de Carranza y mantuvieron el mando de Villa aunque eso significara romper con el mando central del ejército Constitucionalista. (1)

Más conocido es el proceso de elección de Zapata, cuyos méritos le hicieron depositario de los reclamos de tierras de su comunidad y luego jefe rebelde que se convirtió finalmente en general en jefe de la revolución en los estados de Morelos, Guerrero, Tlaxcala, sur de Puebla, sur del Distrito Federal y del Estado de México.

Dado que la historiografía no puede negar el carácter democrático y masivo de los liderazgos villista y zapatista, opta por pasar de largo frente a ellos y pretende que se trataba de regímenes de violencia por estar encuadrados en organizaciones militares; entonces se reviven tópicos sobre la disciplina político-militar como un régimen de despotismo e imposición, pasando por alto deliberadamente que estos ejércitos eran a la vez organizaciones de masas con reivindicaciones claras que buscaban hacer valer a costa de la destrucción del viejo régimen.

Hoy en día es preciso reconocer estas cuestiones como cruciales frente a la continua andanada ideológica de la burguesía, que busca permanentemente embotar los instintos revolucionarios de las masas, imbuir en ellas un rechazo a sus referentes históricos, o sea a los Villa y Zapata, que representaron los liderazgos de verdaderas organizaciones de masas del pueblo y para el pueblo.

(1) Véase Breve historia del villismo de Pedro Salmerón y Felipe Ávila, México, 2018.

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