Por Gilberto Mayoraga

Hace cien años una revolución comenzó a sacudir el mundo, y acabó por transformarlo. Esta revolución comenzó en el antiguo Imperio ruso, el vasto reino de los zares, que para el año de 1917 se había convertido en una mezcla contradictoria de régimen feudal y capitalismo avanzado, monopólico, en el cual se combinaban los restos de la propiedad comunal (Obschina) con los conglomerados industriales (Produgol, Prodamet).

La participación del imperio en la I guerra mundial (1914-1918) resultó en la ruina material y moral del pueblo y del ejército rusos, haciendo aún más intolerables el despotismo y el lujo de la corte zarista, por lo que el descontento entre las capas dominadas cundió hasta hacer crisis en febrero de 1917 cuando un golpe palaciego hizo abdicar al zar Nicolás II (bien llamado “Nicolás el Sangriento” por V. I. Lenin). Este golpe arrojó como resultado la formación de un régimen que transitó de la regencia a la constitución de la república burguesa bajo el Gobierno Provisional, denunciado como un acuerdo de los burgueses y aristócratas que deseaban seguir al frente del país y continuar la guerra sin el lastre que representaba el desprestigiado zar.

En este marco de conmoción revolucionaria se abrió paso un grupo pequeño pero altamente disciplinado y organizado que acabaría por aplastar a los contrarrevolucionarios de todo tipo y encausaría la revolución hasta la consecución de sus objetivos populares, democráticos y socialistas; este grupo lo constituía el Partido Obrero Social Demócrata Ruso (Bolchevique), el ala izquierda del POSDR ahora constituído en Partido Comunista Ruso.

Al comenzar los disturbios en Rusia a sazón del desastre militar y económico, el liderazgo del partido se hallaba en el exilio, sobre todo en Europa occidental, mientras algunos pocos dirigentes realizaban su labor dentro del imperio. La primer proeza fue el retorno de la dirigencia encabezada por V. I. Lenin a Rusia a bordo de un tren extraterritorial facilitado por Alemania (enemiga de Rusia, que creía que agitar la revolución en aquél país la beneficiaría). El panorama era turbulento e incluso la mayoría de los revolucionarios no tenía claro el camino a seguir, por si fuera poco, los partidos que tomaron el poder en la revolución de febrero se proclamaban a sí mismos “revolucionarios” y algunos inclusive, “socialistas”, aumentando así la confusión entre obreros, campesinos, soldados y estudiantes que eran las fuerzas vivas de la revolución.

Fue necesario realizar una profunda revisión de la situación por parte del partido bolchevique y aún de los fundamentos de la teoría marxista, restableciendo el legado revolucionario de Marx y Engels para desbrozar la maraña de sucesos que se habían aglomerado en el tumulto revolucionario, como atestiguan las actas de las reuniones del partido de aquellos meses.

Mientras tanto, el partido seguía en la minoría, apenas seguido por unos miles de militantes y casi sin voz en los soviets (consejos) que obreros y soldados habían organizado durante la revolución de febrero y que constituían el verdadero poder popular opuesto al Gobierno provisional sostenido por los partidos “oficiales”.

Pronto, sin embargo, esos partidos oficiales comenzaron a adoptar medidas contra los intereses populares paradójicamente bajo la bandera de la revolución y el socialismo, y avanzando en la meta final de la destrucción de los soviets, para lo cual contaron con la alianza de los partidos menchevique y Socialista Revolucionario (Eserista), otrora socialistas y obreros pero ahora aliados a los capitalistas rusos. Justo en este momento rinde sus frutos la disciplina y la consecuencia del partido bolchevique, que denuncia abiertamente la traición de mencheviques y eseristas, las maniobras del Gobierno provisional y su carácter burgués, imperialista y anexionista.

Frente a las maniobras de los partidos burgueses y la traición de los “socialistas” las masas obreras y campesinas comienzan a mirar hacia los “sectarios” bolcheviques, que en todas partes proclaman el carácter burgués y antirrevolucionario del Gobierno provisional.

En julio de 1917, sin embargo, las masas populares se desbordan y se lanzan a derrocar al gobierno en una acción impreparada, espontánea; el Comité Central bolchevique está al tanto e intenta detener la oleada, consciente de que la nueva revolución debe producirse en el momento preciso y que la denuncia y socavamiento del Gobierno provisional aún no ha permeado lo suficiente, ya que algunas capas de la población y el ejército aún creen en el carácter revolucionario del gobierno surgido de las jornadas de febrero. Sin embargo, la oleada no cesa y los bolcheviques terminan por unirse a ella. El intento revolucionario de julio termina en la previsible derrota y parte de los dirigentes bolcheviques, incluyendo Lenin tienen que salir al exilio de nuevo o acaban en prisión, como Trotsky.

No obstante, la derrota y el retroceso no determinan que el Gobierno provisional se haga más fuerte, y los bolcheviques son conscientes de esto, saben que las contradicciones entre el gobierno burgués y las masas populares son profundas y que sólo pueden terminar con la derrota del gobierno o el aplastamiento sangriento de las masas. Sabedores de esto vuelven a la carga y reanudan la labor de zapa en los soviets, en las masas obreras de Moscú, Petrogrado (la capital de Rusia en aquel entonces) y otras ciudades, así como entre los soldados, especialmente en la guarnición militar de Petrogrado.

Hacia octubre de 1917 (noviembre del calendario gregoriano), la situación se torna insostenible y la revolución está al alcance de las masas populares, esto desata una polémica al interior del partido bolchevique, como lo atestiguan las actas de las reuniones del Comité Central, la cercanía misma de los acontecimientos y el descalabro de julio introducen la vacilación en dirigentes como Kamenev y Zinoviev, que llegan a publicar las intenciones bolcheviques de desatar la rebelión contra el Gobierno, lo que desata la ira de Lenin, que dirige una batalla al interior del partido para liquidar las vacilaciones estableciendo sin lugar a duda que el momento de la revolución ha madurado, que el gobierno se tambalea pero que no caerá por sí mismo sino que se lanzará a una contrarrevolución sangrienta, y que las masas pese a su agotamiento son una reserva de la revolución pues se han dado suficiente cuenta del carácter burgués imperialista del gobierno que pretende continuar la guerra y demás políticas del zarismo bajo un manto “republicano”; esta lucha se corona con la resolución de lanzar la ofensiva, que se produce finalmente el 7 de noviembre de 1917, con un asalto generalizado a las posiciones del gobierno, apresando a parte de sus integrantes y levantando en armas a la guarnición de Petrogrado. El asalto se replica en Moscú y en otras ciudades.

El partido bolchevique, ahora dueño del gobierno establece una alianza en los soviets con todos aquellos elementos genuinamente populares que existen en Rusia, como los eseristas de izquierda, con lo que la revolución se libra de terminar como un mero golpe de Estado y rápidamente se conforma en revolución popular, enarbolando el programa popular de fin a la guerra imperialista, expropiación de los capitalistas que desangraron a Rusia, autodeterminación de las naciones del imperio ruso, y entrega de las tierras a los campesinos.

El gobierno, sin embargo, recaerá finalmente en el partido bolchevique, el mejor organizado y el más consciente partido de Rusia, por cuanto era el partido capaz de llevar adelante el programa de la revolución rusa, ya que incluso eseristas de izquierda y anarquistas acabarán levantándose en armas contra el nuevo poder uniendo sus fuerzas a la contrarrevolución.

La contrarrevolución, sorprendida por el Octubre Rojo, volverá a levantar cabeza coaligando a los burgueses junto a los aristócratas, y a los gobiernos extranjeros, que lanzarán sus tropas contra Rusia a fin de derrocar al nuevo poder y hacer que Rusia vuelva a entrar a la guerra. Comienza entonces una sangrienta guerra civil que asolará las tierras rusas hasta 1921, pero el partido bolchevique se impondrá sobre todos sus oponentes, el precio a pagar será enorme en vidas y recursos, el establecimiento del socialismo tendrá que esperar ante la ruina económica debida a la guerra, por lo cual se establecerá una economía mixta llamada NEP, que perdurará hasta el comienzo de los años 1930. El partido enfrentará nuevas batallas desde el poder, manteniendo sin embargo, la unidad de su militancia y la unidad y soberanía del país, ahora constituído en Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

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