Por Gilberto Mayoraga

Acerca de cómo la nación mexicana fue la única nación indígena de Mesoamérica que llegó a formar un Estado después de la invasión española.

La base comúnmente admitida de la actual nación mexicana es lo que suele denominarse “el mestizaje” de invasores españoles y nativos del continente. Sin embargo, el mestizaje es más un discurso ideológico muy posterior que enarboló el Estado mexicano para darle sentido a su propia legitimidad. En realidad la nación mexicana fue la única nación indígena que llegó a formar un Estado después de la invasión española del siglo XVI.

La base étnica, política, económica y cultural de la nación mexicana fue la coalición de tribus y pueblos aztecas y otomianos del Valle de Anahuac que quedaron bajo el control de las tropas españolas tras la derrota y destrucción de Tenochtitlan. Entiéndase por “aztecas” a los pueblos de lengua náhuatl que habitaban la región central de México y que comprendían a los mexica, tlaxcaltecas, acolhuas, etc.

Esta coalición azteca-otomiana, dominada por los invasores españoles se denominó desde épocas tempranas “México”, en alusión a México-Tenochtitlan, o sea al antiguo Estado tributario del Anahuac y constituyó una suerte de nombre no oficial del territorio correspondiente a la coalición azteca-otomiana y que luego se haría extensivo a todo el país. Oficialmente el país se denominaría “Nueva España”, aunque también se hiciera referencia a los habitantes de la coalición azteca-otomiana como “mexicanos” y no como “novohispanos”. Recuérdese que los indígenas fueron agrupados en “repúblicas de indios” sujetos formalmente a la corona, donde éstos tenían un limitado autogobierno.

El Estado colonial español en México fue siempre una superestructura de dominación extranjera y el país nunca fue una parte integrante de España como no lo fue ninguna parte del imperio, por lo cual ni la “Nueva España” ni los otros territorios fueron simples copias de España sino que tuvieron sus propias características y contradicciones. En el caso de México la base siempre fue la coalición de tribus y pueblos aztecas-otomianos.

El conglomerado formado por los azteca-otomianos y los españoles incorporó nuevos pueblos y territorios a lo largo y ancho de Mesoamérica y de la Gran Chichimeca, en esta época el territorio de lo que hoy es Mexico, Centroamérica y sureste de los EEUU casi acabó despoblado por la violencia de los invasores, la esclavitud en masa, la destrucción de las estructuras de producción y la dispersión de enfermedades.

No obstante el exterminio del 90% de la población indígena, frente a la minoría de españoles, los nativos del país seguían siendo mayoría y lo seguirían siendo durante toda la colonia y, como se verá más adelante, lo siguen siendo hoy.

Durante la colonia, los idiomas vehiculares fueron el nahuatl y el otomí, recuérdese el hecho de que los sacerdotes españoles compusieron tempranamente gramáticas y diccionarios en las lenguas indígenas con fines de catequización, además de crónicas y relaciones donde consignaron la historia mítica y religiosa de los pueblos nativos. Además, las cuestiones de tierras y límites y los litigios de los pueblos se siguieron haciendo con textos ideográficos que podían leerse en náhuatl, otomí u otras lenguas, con adiciones o glosas en las propias lenguas indígenas o en español y usando la grafía latina.

El país que está surgiendo a partir de la invasión española será el sucesor del territorio de México-Tenochtitlan, o más precisamente de la Triple Alianza e incorporará de grado o por fuerza pueblos de los territorios de la ciudad de México, del estado de México, Hidalgo, Morelos, Puebla, Querétaro y de la zona centro de Veracruz. A partir de estos territorios, se lanzó la conquista de muchos otros territorios hasta alcanzar las remotas tierras de California, Nuevo México y Texas al norte y de Nicaragua al sur.

Es un absurdo pretender que la única forma de Estado para los pueblos indígenas es la del despotismo tributario, truncado por la invasión española, como si la soberanía indígena fuese intrínsecamente incapaz de evolucionar y transformarse para adoptar nuevas formas, como ocurrió en otras regiones del mundo. Por el contrario, con la invasión española, la sociedad indígena azteca-otomiana sufrió una transformación profunda, primero con la destrucción del Estado despótico-tributario y luego en la lucha dialéctica de asimilación y resistencia a las nuevas castas dominantes, sus leyes, religión y cultura, lucha en la que se hizo manifiesta la vocación de sobrevivencia de la cultura azteca-otomiana, otrora dominante en el Anahuac, ahora sometida a los invasores extranjeros.

El proceso de formación del nuevo Estado no puede visualizarse como si todo lo antiguo simplemente hubiese desaparecido y en un abrir y cerrar de ojos ya se contase con algo totalmente diferente; no ocurrió así con ninguno de los actuales Estados-nación del mundo ni tenía por qué ocurrir con la formación del Estado mexicano. Aunque aquí la especificidad del proceso se debió a la peculiar situación creada por la invasión española, que significó una ruptura en el desarrollo histórico del continente y le abrió paso en el sistema mundial capitalista que se estaba creando.

El Estado mexicano surge como negación y continuidad del Estado colonial español y por ello reivindica la memoria genética de los altépetl azteca-otomianos, memoria viva en las masas que se rebelaron con Hidalgo, Morelos y Guerrero.

Pretender que todo lo que constituye la nación es mero símbolo y figuración es ignorar de plano que la base de toda nación es una determinada base económica, o lo que es lo mismo, una determinada estructura de clases. Por tanto, tiene una existencia objetiva que evoluciona con el tiempo, se transforma, se adapta para sobrevivir, por ello, la misma nación no es idéntica a lo largo de su historia, no se trata de un fósil, sino de un organismo viviente.

El Estado mexicano es la sucesión de la coalición de los altepetl azteca-otomianos dominados por los españoles, coalición reformada y transformada por la influencia de la casta extranjera que aportó su religión, tecnología, leyes y organización, pero también fue reformada por la acción y la reacción de los propios azteca-otomianos al recibir y resistirse esta influencia y dominación, pues una reforma no es algo unidireccional, como si los indígenas hubieran sido meros agentes inertes movidos por los españoles. El resultado fue la conformación primero del Estado colonial español, un Estado de corte precapitalista semifeudal. El Estado mexicano, surgido del proceso de independencia toma el país en el estadio colonial y lo encamina al desarrollo de relaciones capitalistas larvadas durante el periodo colonial, relaciones que habían sido cada vez más obstruidas por el dominio extranjero, así el Estado mexicano se encaminará a convertirse en un Estado capitalista dependiente bajo la influencia de la naciente fase imperialista del capitalismo.

Por ello se puede afirmar que la nación mexicana fue la única nación indígena en este país que llegó a formar un Estado. La cuestión del “mestizaje” es un mito del discurso liberal que buscó interpretar la naturaleza del Estado y la nación mexicanos sobre la base de unas supuestas “raíces” indígenas y europeas que se habrían “mezclado”, a partes iguales, para dar como resultado un pueblo mixto español-indígena, elevando un supuesto sujeto “mestizo” como componente de la nación. Y además, estas “raíces” serían identificables a primera vista y en cualquier momento, como si se pudieran aislar químicamente, el proceso se describió incluso con la metáfora de una aleación hecha en un crisol (la famosa “raza de bronce” o la “raza cósmica”). Este punto de vista metafísico, unilateral y con un obvio interés de clase de la nueva clase dominante liberal no podía ser de otro modo; proponiendo un supuesto “mestizaje” para negar la visión del proceso como un proceso de reforma y reformulación de lo que ya constituía la base económica y cultural del país desde hacía milenios, o sea los altepetl azteca-otomianos, sin tener en cuenta que los hacedores de la economía, la cultura y la cosmovisión eran los mismos pueblos de siempre sólo que ya no rendían tributo al Estado despótico tributario, sino que habían sido dominados por los invasores extranjeros y ahora por la naciente clase capitalista. Esta sociedad originaria y de alta cultura fue derrotada y diezmada casi hata el exterminio, pero sobrevivió aliándose al invasor, reconstruyendo la sociedad, la economía y la cultura justo bajo la bota colonial y tomando de ella cuanto le fue útil para sobrevivir, justo como lo han hecho todos los pueblos del mundo que han enfrentado semejantes catástrofes.

El resultado fue que en cuanto los guarismos demográficos mostraron una ligera mejoría, hacia principios del siglo XIX, y tras ya casi tres siglos de dominación extranjera, el orden español, la “Nueva España” voló por los aires, ciertamente no sin resistir militarmente durante once años de lucha. Y el resultado no fue de ninguna manera otra España ni nada parecido, sino un Estado-nación indígena, (“indígena” en el sentido que lo pueden ser el moderno Estado francés, el ruso, el alemán o el italiano) reformado e integrado en el mercado mundial. Y ciertamente se trató de un Estado en el sentido moderno del término; el hecho de ser indígena no le da ni le quita todas las tendencias inherentes al Estado nacional moderno, o sea, el centralismo, la burocratización, la unidad nacional, la xenofobia, la ideología liberal, el hegemonismo y el racismo (dirigido contra los propios indígenas), todas ellas contradicciones propias del desarrollo de las clases de la sociedad capitalista.

Pero suponer que un Estado nacional indígena reformado y capitalista tenía que ser por ello una excepción es un sin sentido, pues no por haber surgido sobre la base de los altepetl indígenas el Estado mexicano tenía que ser superior o mejor que los de otras naciones. Aunque cabe también decir que al menos en el caso del Estado nacional mexicano, éste libró verdaderas luchas antiimperialistas para sobrevivir, enfrentándose a España, los EEUU, Francia e Inglaterra, y que por ello sus mitos nacionales son en general progresistas y contrarios a la dominación imperialista; y por lo mismo sus héroes nacionales son revolucionarios populares y, en general, en el nacionalismo mexicano popular existe un rechazo instintivo al racismo, la xenofobia, el fascismo y el imperialismo.

Pero llegar a este punto fue un proceso de décadas de luchas populares, del desarrollo de las contradicciones sociales, pues, como todo Estado-nación, el mexicano ha luchado también por su hegemonía hacia adentro, sometiendo a las otras naciones indígenas, impidiéndoles formar sus propios Estados y sometiéndolas a su autoridad de manera sangrienta cuando presentaron resistencia, un ejemplo fue la guerra de castas de Yucatán, donde la nación maya yucateca fue sumada a la nación mexicana pese a su heróica y prolongada resistencia.

No se puede decir que el Estado-nación mexicano es el continuador del Estado mexica, sino que es su sucesor actual, el Estado mexica fue destruido y sus instituciones fueron o destruidas con él o reformadas, comenzando con la religión, que cambió de doctrina y de símbolos, pero que conservó muchos de sus elementos fundamentales de cosmovisión, muchos ritos y creencias convenientemente reformados, que son elementos que no cambian fácilmente, incluso en escenarios catastróficos como los de la invasión europea. Además, muchos elementos elementos económicos, culturales y políticos sobrevivieron y se reformaron, aflorando en el Estado mexicano.

Quienes ven al Estado mexicano como una “creación” alógena, arbitraria, etc., no toman en cuenta que en realidad todo Estado ha sido en cierta medida una “creación” alógena y arbitraria. Pero en general, todo Estado nacional ha sido producto del desarrollo de determinadas tendencias presentes en las propias sociedades que les han dado origen. Quienes piensan de esta manera metafísica no reconocen en el Estado mexicano lo que sí reconocen en otros Estados nacionales, no reconocen a la nación mexicana lo que sí reconocen a otras naciones del mundo que llegaron a formar Estados.

Existe una visión idílica (una visión colonizada y un tanto esnob de hecho) que considera que la naturaleza de las sociedades indígenas es tal que no podrían llegar a formar Estados nacionales como los actuales, o sea que la sociedad indígena no podría evolucionar en un sentido capitalista, dicho de otro modo, que las sociedades indígenas sólo podrían ser de la forma que se les reconoce actualmente.

Todas estas posiciones se valen, además, de los elementos culturales europeos que la nación mexicana fue adoptando, para volver al tema liberal del “mestizaje”, en vez de estudiar el proceso como una reforma bajo la dominación extranjera, equiparando el mestizaje biológico a un mestizaje “cultural”. Sin embargo, no se atreven a hablar de la nación mexicana como una nación “europea” u “occidental”, porque intuyen que no es tal cosa, y prefieren hablar de un “constructo” “mestizo”, lo que tampoco tiene sentido y no es más que un término medio, insostenible, un subterfugio para evitar decir lo evidente, que la nación mexicana actual es la nación indígena de Anahuac, azteca-otomiana, que llegó a formar un Estado.

Apuntes.

-En la doctrina del mestizaje, se considera que todo aquello que pertenezca a la nación mexicana y que difiera de lo que se denomina “indígena” tiene que ser producto de la influencia española, como si lo indígena estuviese anclado en el tiempo o como si solamente pudiera evolucionar en una dirección única, como si los propios pueblos indígenas actuales no hubiesen cambiado también en estos 500 años, reformándose ellos también con la influencia europea, reformándose incluso, en muchos aspectos, en el mismo sentido en que lo ha hecho la nación mexicana.

-El Estado mexicano actual se formó con el desarrollo de las contradicciones de clase de la sociedad capitalista, nutriéndose de la descomposición de las comunidades en clases, tal como lo describe Marx en el capítulo de la acumulación originaria del capital.

-La categoría de mestizo proviene de hecho de la segregación colonial mediante el sistema de “castas”, los mestizos formaban un grupo al margen de los grupos de poder español pero también de las repúblicas de indios, por lo cual pueden identificarse como el producto típico de la descomposición de las comunidades que sin embargo no se incorpora a la sociedad española y que será uno de los orígenes de la masa proletaria en las décadas y siglos por venir. Poco se ha recapacitado sobre lo que implicó el proceso de formación del nuevo proletariado (el “pelado”) en la formación de la nación mexicana.

-La propia España del siglo XVI apenas comenzaba su propio proceso de formación nacional, ya que en aquel entonces era todavía una confederación de reinos unidos por enlaces dinásticos. Si la propia España no había desarrollado su Estado nacional, menos lo hubiera podido desarrollar para otro pueblo, como el de los altepetl azteca-otomianos.

-Así como el desarrollo capitalista produjo la descomposición de las comunidades europeas y su reforma y conversión en Estados nacionales, de la misma manera obró en México, descomponiendo en clases las comunidades azteca-otomianas (a las que fueron sumadas las mayas, oaxaqueñas, purépechas, coras, yaquis, y demás), transformándolas en el Estado nacional mexicano.

-Dice Mariátegui: «La literatura de un pueblo se alimenta y se apoya en su substractum económico y político. En un país dominado por los descendientes de los ‘encomenderos’ y los oidores del virreinato, nada era más natural, por consiguiente, que la serenata bajo sus balcones. La autoridad de la casta feudal reposaba en parte sobre el prestigio del virreinato. Los mediocres literatos de una república que se sentía heredera de la Conquista no podían hacer otra cosa que trabajar por el lustre y brillo de los blasones virreinales. Unicamente los temperamentos superiores -precursores siempre, en todos los pueblos y todos los climas, de las cosas por venir- eran capaces de sustraerse a esta fatalidad histórica, demasiado imperiosa para los clientes de la clase latifundista.
«La flaqueza, la anemia, la flacidez de nuestra literatura colonial y colonialista provienen de su falta de raíces. La vida, como lo afirmaba Wilson, viene de la tierra. El arte tiene necesidad de alimentarse de la savia de una tradición, de una historia, de un pueblo. Y en el Perú la literatura no ha brotado de la tradición, de la historia, del pueblo indígenas. Nació de una importación de literatura española; se nutrió luego de la imitación de la misma literatura. Un enfermo cordón umbilical la ha mantenido unida a la metrópoli.» (J. C. Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, pág. 214.)

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