Escrito por: Eduardo Piña Castillo.

El sexenio de Lázaro de Cárdenas es sin duda uno de los más interesantes del siglo XX mexicano y en consecuencia, es uno de los más importantes para la configuración de nuestra sociedad actual. En este sexenio se da una importante lucha política por incluir en el concepto de nación a las clases marginadas durante el porfiriato, con el estado como integrador social, promotor del desarrollo económico y con un objetivo de redistribución del ingreso e igualdad social como no se ha visto otro en la historia nacional.

La profundidad de tales cambios es discutida, sobre todo desde la visión del marxismo, ya que en sentido estricto, el cardenismo no puede ser considerado como un sexenio socialista en la historia de nuestro país. Sin embrago, como ya se expresó, sí se basó en una intención por cambiar las condiciones sociales, sobre todo de las clases más desfavorecidas por el porfirismo: campesinos, trabajadores urbanos, indígenas.

El desarrollo no puede alcanzarse con pobreza y marginación. Este ideal buscaba dotar de mejores condiciones de vida y oportunidades a las clases desfavorecidas históricamente, a la vez que generar un crecimiento económico más o menos parejo entre el campo y la ciudad. La educación fue el proyecto con el que se apostó a que los campesinos e indígenas de las comunidades rurales y atrasadas del país, pudieran realizar el ideal desarrollista. Los encomendados a esta tarea fueron los maestros normalistas, quienes no sólo debían aprender ciencia, cultura, historia, etc. Sino que además, debían conocer de técnicas agrícolas modernas y eficientes para el cultivo de la tierra y enseñar a las comunidades rurales a trabajarla. El maestro normalista se veía como una especie de agente de cambio social, el enlace entre los pobres y el gobierno de la revolución.

Claramente, dadas las enormes divisiones sociales y culturales, el promover un proyecto educativo con tales fines llevó consigo importantes conflictos sociales. Uno de los temas más discutidos en aquellos años sobre el proyecto educativo fue el referente al conflicto entre la educación socialista y la religión. El proyecto educativo buscaba promover el conocimiento científico del mundo y generar un pensamiento crítico en las nuevas generaciones, estos elementos han sido siempre contrarios al crecimiento y arraigo de las creencias religiosas, y cuando el gobierno se inclinó por combatir el pensamiento supersticioso y quitar poder a la Iglesia, se inició una guerra en algunas zonas del país. La religión y la iglesia contra el estado y la educación científica y crítica.

Los principios de las normales rurales eran: formar maestros para llevar conocimientos científicos y técnicos a las comunidades rurales del país, además de representar para las familias campesinas la oportunidad de abandonar la pobreza. Al mismo tiempo, la intención de llevar conocimientos científicos y prácticas agrícolas importadas, es decir, sin tomar en cuenta la experiencia indígena y campesina, responde a la clara orientación de las élites gobernantes de México a considerar a estos grupos sociales como necesitados de ser civilizados, de enseñarles las buenas costumbres. No se perdió pues por parte de la élite gobernante, el clasismo porfiriano.

Más allá de la orientación con la que se crearon las normales rurales, el modo de vida que llevaron quienes en ellas se educaron promovió el cooperativismo, la conciencia de la comunidad, de la lucha política, de la multiculturalidad y de la identidad rural, campesina e indígena. De aquí se desprende el carácter siempre combativo de las normales rurales y la estrecha colaboración, respeto y afinidad con las comunidades donde se ubican.

En nuestros tiempos, existe una clara afrenta contra los resabios de este modelo educativo. Pero la ignominia contra el normalismo data desde los inicios mismos de este sistema. Es comprensible esta actitud por parte de las élites mexicanas: gastar dinero público en educar al “indio”, al jodido, al pobre o al campesino es algo contrario a la ideología de aquellos que detentan el poder. Bajo su perspectiva, la educación es la base para el desarrollo social y generar mejores oportunidades para las personas, pero no si tal educación genera conciencia social, política y de clase; no si inculca valores de cooperación; no si genera individuos críticos y combativos ante los valores del liberalismo; no si enseña a los pobres y explotados a luchar por cambiar sus condiciones de vida; no si enseña a respetar y querer nuestro pasado indígena. Hoy más que nunca, es imperativo luchar por una educación distinta para las nuevas generaciones de mexicanos, hoy más que nunca, es necesario volver a la educación socialista.

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