De la Redacción

Causó un gran revuelo que se revelara que AMLO había enviado una carta al rey de España y otra al Papa; el cometido de las misivas no era otro que convocar a los destinatarios a participar en la conmemoración del quinto centenario de la caída de Tenochtitlan. Como paso previo a dicha conmemoración, AMLO planteaba que tanto él como el rey y el Papa pidieran públicamente disculpas a los pueblos indígenas por el genocidio que tuvo lugar durante la invasión española de América, así como por los crímenes que también se cometieron durante la república independiente contra los mismos indígenas y minorías como los chinos.

De una manera unánime, la derecha española se levantó airada contra AMLO, y la derecha mexicana reaccionó al unísono, condenando la iniciativa, recurriendo a todo el arsenal de descalificaciones y lugares comunes que el nacionalismo español reserva a quien se atreva a llamar genocidio a la invasión de América.

Frente a esta ofensiva neo franquista desde ambos lados del Atlántico es preciso oponer una respuesta desde la izquierda mexicana e internacionalista.

En primer lugar debe denunciarse de manera tajante el recurso constante del nacionalismo español a tildar de “leyenda negra” todo aquello que relate la invasión española como una empresa de dominación y conquista que resultó en el genocidio de los pueblos americanos.

Para el nacionalismo español, y también para el hispanismo neo franquista de las derechas americanas, la invasión española fue una empresa épica y “civilizadora” que incluso “benefició” a los pueblos originarios, a diferencia de las invasiones inglesa y francesa, que a decir suyo, sí fueron operaciones de genocidio. De lejos se advierte el enfoque sesgado y supremacista de quienes han sido adoctrinados para creer que su propia invasión y colonización fue “buena” y la de los otros fue “mala”.

En realidad, según las más recientes investigaciones, el exterminio de los indígenas fue generalizado en todos los territorios de América, no sólo en las tierras invadidas por ingleses y franceses. Tal exterminio se saldó con la desaparición del 90 por ciento de la población americana, la población pasó de un estimado de 60 millones a sólo 5 o 6 millones para todo el continente y eso llevó incluso a un cambio climático mundial (https://www.bbc.com/mundo/noticias-47074813). La guerra, las masacres, la destrucción de la economía y el intercambio y las enfermedades traídas de Europa llevaron a este resultado fatal.

Mucho se recalca el mestizaje de los españoles con los indígenas y que en países dominados por ellos persistieron pueblos indígenas y una gran proporción de mestizos pueblan estos países.

Pero poco se analizan estas singularidades de esta “leyenda blanca”; no se hace notar que las regiones invadidas por ellos eran las más pobladas y avanzadas, o sea Mesoamérica y el Perú incaico, que por lo mismo no resultaron totalmente erradicados de su población nativa, aunque sí disminuyó de manera escalofriante, quedando en Mesoamérica menos de un millón de habitantes. Y menos aún se reconoce que en muchas regiones sin tanta población y desarrollo como México y Perú, la población indígena sí que fue exterminada por la invasión española, tal fue el caso de las islas Antillas, regiones de Centroamérica y Sudamérica (Colombia, Venezuela).

Por si fuera poco, según análisis genéticos http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-16592013000300013, las líneas de herencia paterna de los mestizos americanos son de origen europeo, mientras las femeninas son de origen indígena, lo que indica que no se trató de una idílica unión de pueblos, sino que los invasores tomaron para sí las mujeres indígenas y exterminaron o marginaron a la población masculina originaria, situación que no se limitó a la primera época de la invasión, sino que se prolongó a lo largo de los 300 años de dominación.

Y éste es otro rasgo de la leyenda blanca del neo franquismo: limitar la cuestión a los eventos al momento de la invasión, dejando de lado los 300 años de colonización de los que poco o nada dice, dejando en la oscuridad cómo los invasores suplantaron a los antiguos jefes y transformaron el trabajo comunal en trabajo esclavo para extraer plata y oro, y en general para usar el trabajo indígena en su provecho, creando cadenas de dominación colonial que se prolongan hasta el día de hoy.

A lo largo y ancho de la prensa de la derecha española, pero también de cierta izquierda claudicadora, se hace presente esta leyenda blanca, lo cual es de esperarse en un país dominado hasta su muerte por el dictador Franco, pero el hecho saliente es que también han surgido grupúsculos de sedicentes “marxistas” que hablan de unidad “hispánica” cuando en realidad se refieren a una supremacía de Madrid y Castilla sobre el resto de España y aún América, estos “marxistas” (que no lo son en absoluto) propagan sin rubor la leyenda blanca, hablan de orgullo nacional español y llaman al aplastamiento de las nacionalidades vasca, gallega, canaria y catalana.

Su llamado a la unidad de los “pueblos hispánicos” nada tiene de internacionalista, muy por el contrario, no son otra cosa que nacionalistas emboscados con alguna frase tergiversada de Marx, y para acabar, se ha denunciado que algunos de ellos tienen ligas con organizaciones abiertamente franquistas.

Pero el neo franquismo no se limita al territorio español, sino que es reproducido por las derechas neofascistas latinoamericanas y en general por elementos conservadores que reproducen los elementos fundamentales de la leyenda blanca. En particular partidos como Acción Nacional (PAN) se adhieren sin embozo a la interpretación neo franquista de la colonización.

No obstante, contrariamente a tal leyenda y sus variantes y derivados, la realidad del genocidio está al alcance de quien quiera verlo sin los anteojos del supremacismo hispanista, como ya se dijo arriba, 9 de cada 10 habitantes murió a principios del periodo colonial, culturas enteras fueron erradicadas, con sus lenguas y formas económicas propias. La producción sufrió tal colapso que inmensos campos de cultivo quedaron abandonados lo que condenó al hambre a los sobrevivientes, lo que aunado al trabajo excesivo para los invasores los dejó aún más expuestos a las enfermedades europeas. Este cuadro explica por qué una cantidad reducida de invasores fue capaz de causar un daño mortal a la América indígena, y si sumamos el reemplazo de los varones por invasores que llevó a la creación de un sistema de castas mestizas enfrentadas entre sí y con los indígenas sobrevivientes, se va completando un cuadro que no sólo deja fuera la leyenda blanca, sino toda una serie de lugares comunes heredados de los textos épicos de los invasores cronistas (los que narraron sus viajes y hechos bélicos) y que hablan de la “debilidad intrínseca” de los pueblos “conquistados”, y de una supuesta labor “civilizadora” en el continente.

La realidad es que el grado de destrucción fue de tal magnitud que aún con las últimas investigaciones es difícil reconstruir el mundo indígena y su verdadero grado de civilización y desarrollo, pues casi toda la información que se ha manejado hasta ahora, incluso la arqueológica se basa en los últimos momentos de estas culturas, cuando ya estaban diezmados y debilitados sus integrantes, y cuando sus sistemas de producción se colapsaban. No en balde, antes de los estudios climáticos, se barajaban toda clase de cifras, y en general se hablaba de unos cuantos millones de habitantes en todo el continente.

Ahora bien, incluso muchos de quienes no aceptan completamente la leyenda blanca se niegan a aceptar que ocurrió un genocidio, pues a su entender en tanto los españoles no montaron una maquinaria de exterminio sistemático de los indígenas, y en tanto la mayoría de las muertes habrían sido debidas a las enfermedades, no se podría hablar de un genocidio. Olvidan estas personas el testimonio de los mismos cronistas acerca de las matanzas que por evidentes ellos mismos no ocultan (Cholula, Templo Mayor), pero además, el genocidio no siempre se representa por el exterminio en masa, que lo hubo, sino por la sistemática destrucción de la cultura y la economía de los pueblos invadidos: los invasores desecaron el lago de Texcoco, hicieron una repartición de tierras y trabajadores que no contó con las necesidades de los mismos, lo que desató la hambruna y nuevas epidemias, impusieron su idioma y religión, destruyeron invaluables textos y formas de organización y, más importante, impusieron una división racista de la sociedad en “castas” enfrentadas entre sí que dejó fuera del desarrollo y el bienestar prácticamente a todos los grupos humanos que no fueran reconocidos como españoles de nacimiento.

Y todo esto fue establecido no por medios pacíficos ni con el bienestar de los pueblos en mente, sino por el contrario, fue impuesto a sangre y fuego, aplastando todas las rebeliones que los debilitados indígenas siguieron oponiendo a todo lo largo de los 300 años de dominación española, y nunca fue el bienestar de los invadidos sino por el contrario pura y exclusivamente su explotación lo que guio la acción de los invasores, pese a tal o cual ley benefactora de un rey allende el Océano, ley que no era más que papel mojado al llegar a esta orilla del mundo.

Frente a la cuestión de si, a pesar de todo, esta época significó un progreso para el mundo y para el continente, se puede decir de entrada que para la población de América no significó ningún progreso en el sentido material y cultural, sino al contrario, significó la casi erradicación física de su población, su economía y sus logros civilizatorios y culturales y como una plaga se extendió un sistema de esclavitud que encadenó a los sobrevivientes a un estado de postración por generaciones. En los siguientes 300 años, el continente sería relegado al papel de fuente de metales preciosos y unos pocos productos como la caña de azúcar, que servirían completamente a los fines de lucro de los invasores, de la corona española, del papado y de los negociantes y banqueros de Holanda, Francia e Inglaterra.

Sólo con el tiempo comenzaron a aparecer en América rudimentarias formas de producción mercantil, derivadas del mismo proceso de explotación esclava o semi esclava, pero tan pronto como estos brotes se fortalecían un poco, los comerciantes peninsulares y el Estado colonial los erradicaban para evitar la competencia con los productos controlados por la metrópoli. No puede decirse que en modo alguno el sistema de trabajo semi esclavo, sumado a los monopolios, estancos, alcabalas y privilegios coloniales representó un progreso para el continente, aunque las riquezas arrancadas a América sí que significaron un factor de auge al proceso de acumulación originaria del capital que se estaba produciendo en Europa en esa misma época.

Los metales preciosos y el azúcar americanos acabaron engrosando los bolsillos de los banqueros, comerciantes e industriales de Holanda, Italia, Francia y Reino Unido, quienes eran los proveedores de los productos que consumían los colonialistas españoles y portugueses. Los pocos fabricantes y artesanos españoles y portugueses vieron cómo la competencia extranjera atrofiaba su industria y comercio, ahogados por el caudal de oro y plata americanos que eran incapaces de aprovechar.

Así, la explotación de América generó subdesarrollo tanto para el continente en su conjunto como para su atrasada metrópoli, en tanto que se convertía en una poderosa palanca del desarrollo del capitalismo en el norte de Europa, que ahora contaba con el exceso de circulante áureo y argentino para reforzar la circulación de las mercancías, el crédito y las finanzas.

La crisis de este modo de explotación conduciría finalmente a las guerras de liberación de América en los siglos XVIII y XIX, que no se pueden entender únicamente como una pugna de criollos resentidos con los españoles peninsulares, que lo fueron también, sino como verdaderas guerras populares contra el colonialismo español, el proceso no arranca propiamente con la lucha de los criollos de Nueva Granada, sino con la rebelión de Túpac Amaru en el Perú; y en México, por ejemplo, el odio acumulado llevó a una verdadera guerra popular contra el imperio español y no a un mero pacto entre élites, como han querido hacer pasar las historiografías conservadoras.

Los que se llenan la boca con las historias de la leyenda blanca poco dicen o de plano callan acerca de las raíces económicas y sociales que condujeron a la independencia del continente, porque tendrían que explicar cómo un continente tan “agradecido” con la labor “civilizadora” de España y el papado en América repudió de manera tan violenta y contundente a sus “civilizadores”.

Una disculpa es lo menos que se puede exigir a la monarquía española, al Estado español y al papado, pues sus “hazañas” en América significaron una oleada de destrucción que se observa hasta la fecha en una región que apenas ahora se está repoblando, y en un grupo de países que heredaron sólo cadenas de dominación colonial.

Más allá del gesto de AMLO, que siendo incluso demasiado conciliador, que no va al detalle de lo que significa el imperialismo, y que ni siquiera cuestiona el papel expoliador de las empresas españolas en México (gesto que además fue rechazado por el neo franquismo que domina España y por sus imitadores derechistas mexicanos); la izquierda mexicana y latinoamericana deben mantener siempre viva la memoria de los hechos que dieron origen a los países actuales y la deuda con los pueblos originarios, y debe invitarse a la izquierda de España a compartir esta memoria y reivindicación, lo que implica para ambas partes demostrar un verdadero internacionalismo y una vocación de liberación respecto a la opresión común a ambos lados del Atlántico que hoy reviste la forma capitalista y que tiene su origen en la invasión de América.

Periódico Revolución
Sobre el Autor: Periódico Revolución
Es una publicación impresa y digital, como un esfuerzo de Morena Socialista para recuperar la teoría marxista al interior del partido morena.