Por Gilberto Mayoraga

En 1871 se estableció el primer Estado obrero que registra la historia, en aquél año los obreros de París se rebelaron y tomaron el poder frente a la invasión prusiana que había tomado prisionero a Napoleón III, emperador de Francia, precipitando el fin del imperio francés y proclamando la Comuna, o sea la democracia proletaria.

Durante el breve pero crucial periodo que los comuneros tuvieron el poder, entre muchos sucesos ocurridos, hubieron de enfrentar un alzamiento callejero de personas afines al viejo imperio que deseaban el derrocamiento de la Comuna y la restauración del dominio burgués en París, este alzamiento de la plaza Vendôme fue reprimido por la Guardia Nacional, que era la fuerza militar de la Comuna, y en seguida los enemigos de la Comuna usaron este suceso para crear propaganda sobre una supuesta matanza de inocentes por parte de la Comuna.

En el siguiente texto, Marx nos narra el episodio, los paralelismos con la insurrección derechista de las guarimbas en Venezuela contra la Revolución Bolivariana no son coincidencias, sino una demostración de cómo actúan la burguesía, sus sicarios y su prensa, en su lucha por el poder, o sea, por sus privilegios.

“ La supuesta matanza de ciudadanos inermes en la plaza Vendôme es un mito que el señor Thiers y los ‘rurales’ silenciaron obstinadamente en la Asamblea, confiando su difusión exclusivamente a la turba de criados del periodismo europeo. ‘Las gentes del Orden’, los reaccionarios de París, temblaron ante el triunfo del 18 de Marzo. Para ellos, era la señal del castigo popular, que por fin llegaba. Ante sus ojos se alzaron los espectros de las víctimas asesinadas por ellos desde las jornadas de junio de 1848 hasta el 22 de enero de 1871. Pero el pánico fue su único castigo. Hasta los sergents de ville, en vez de ser desarmados y encerrados, como procedía, tuvieron las puertas de París abiertas de par en par para huir a Versalles y ponerse a salvo. No sólo no se molestó a las gentes del Orden, sino que incluso se les permitió reunirse y apoderarse tranquilamente de más de un reducto en el mismo centro de París. Esta indulgencia del Comité Central, esta magnanimidad de los obreros armados que contrastaba tan abiertamente con los hábitos del ‘Partido del Orden’, fue falsamente interpretada por éste como la simple manifestación de un sentimiento de debilidad. De aquí su necio plan de intentar, bajo el manto de una manifestación pacífica, lo que Vinoy no había podido lograr con sus cañones y sus ametralladoras. El 22 de marzo, se puso en marcha desde los barrios de los ricos un tropel exaltado de personas distinguidas, llevando en sus filas a todos los elegantes petimetres y a su cabeza a los contertulios más conocidos del Imperio: los Heeckeren, Coëtlogon, Henrí de Pene, etc. Bajo la capa cobarde de una manifestación pacífica, estas bandas, pertrechadas secretamente con armas de matones, se pusieron en orden de marcha, maltrataron y desarmaron a las patrullas y a los puestos de la Guardia Nacional que encontraban a su paso y, al desembocar desde la rue de la Paix en la plaza Vendôme, a los gritos de ‘¡Abajo el Comité Central! ¡Abajo los asesinos! ¡Viva la Asamblea Nacional!’, intentaron romper el cordón de puestos de guardia y tomar por sorpresa el cuartel general de la Guardia Nacional. Como contestación a sus tiros de pistola, fueron dadas las sommationes regulares (equivalente francés del Riot Act inglés) y, como resultasen inútiles, el general de la Guardia Nacional dio la orden de fuego. Bastó una descarga para poner en fuga precipitada a aquellos estúpidos mequetrefes que esperaban que la simple exhibición de su ‘respetabilidad’ ejercería sobre la Revolución de París el mismo efecto que los trompetazos de Josué sobre las murallas de Jericó. Al huir, dejaron tras ellos dos guardias nacionales muertos, nueve gravemente heridos (entre ellos un miembro del Comité Central) y todo el escenario de su hazaña sembrado de revólveres, puñales y bastones de estoque, como evidencias del carácter ‘inerme’ de su manifestación ‘pacífica’. Cuando el 13 de junio de 1849, la Guardia Nacional de París organizó una manifestación realmente pacífica para protestar contra el traidor asalto de Roma por las tropas francesas, Changarnier, a la sazón general del Partido del Orden fue aclamado por la Asamblea Nacional, y señaladamente por el señor Thiers, como salvador de la sociedad por haber lanzado a sus tropas desde los cuatro costados contra aquellos hombres inermes, por haberlos derribado a tiros y a sablazos y por haberlos pisoteado con sus caballos. Se decretó entonces en París el estado de sitio. Dufaure hizo que la Asamblea aprobase a toda prisa nuevas leyes de represión. Nuevas detenciones, nuevos destierros; comenzó una nueva era de terror. Pero las clases inferiores hacen esto de otro modo. El Comité Central de 1871 no se ocupó de los héroes de la ‘manifestación pacífica’; y así, dos días después, podían ya pasar revista ante el almirante Saisset para aquella otra manifestación, ya armada, que terminó con la famosa huida a Versalles. En su repugnancia a aceptar la guerra civil iniciada por el asalto nocturno que Thiers realizó contra Montmartre, el Comité Central se hizo responsable esta vez de un error decisivo: no marchar inmediatamente sobre Versalles, entonces completamente indefenso, para acabar con los manejos conspirativos de Thiers y de sus ‘rurales’. En vez de hacer esto, volvió a permitirse que el Partido del Orden probase sus fuerzas en las urnas el 26 de marzo, día en que se celebraron las elecciones a la Comuna. Aquel día, en las mairies de París, ellos cruzaron blandas palabras de conciliación con sus demasiado generosos vencedores, mientras en su fuero interior hacían el voto solemne de exterminarlos en el momento oportuno.” K. Marx, La guerra civil en Francia. Fragmento tomado de Marxists.org ( https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gcfran/guer.htm#s1 ) (Negritas mías. GM).

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