Por Mikel Itulain

Texas había declarado su independencia en abril de 1836 tras derrotar al ejército de la República de México dirigido por Santa Ana. Impusieron la frontera en río Grande, quitándole una gran extensión de territorio a lo que antes fue México. Los mexicanos no aceptaron estos tratados. Estados Unidos aparentemente se mantenía al margen, sin reconocer a Texas. Pero terminarían reconociéndola en marzo de 1837, lo que originó numerosas protestas dentro del país, porque Texas había sido un lugar donde se había permitido instalarse a los norteamericanos y porque lo veían como el reconocimiento a una invasión y el apoyo a un nuevo estado que aprobaba la esclavitud. Destaca por su visión de futuro y perspicacia la carta enviada por William Ellery, un líder unitario pacifista, al político y abogado Henry Clay:

Habiendo expuesto el argumento contra la anexión de Texas por el grado de criminalidad de la revuelta, procedo a una segunda y muy solemne consideración, a saber, que por este acto nuestro país entrará en una carrera de invasión, guerra, y crimen, y merecerá y contraerá el castigo y pesar de la maldad agravada.La toma de Texas no se quedará sola. Oscurecerá nuestra historia futura… … de todos los hechos precipitados y criminales, aquellos perpetrados por las naciones son los más llenos de miseria.…ha llegado el tiempo que deberíamos poner sobre nosotros una seria y decidida restricción. Poseedores de un dominio, suficientemente vasto para el desarrollo de siglos, es tiempo para nosotros de poner fin a la carrera de adquisición y conquista.…Nuestra águila no satisfará su apetito sobre su primera víctima; y lo buscará con una pieza más tentadora, con más sangre atrayente, en cada nueva región que se abra hacia el sur (Kelley, 1975).

Y así fue, el águila no satisfizo su apetito con su primera víctima e iría a por más presas. Esta reflexión de Henry Clay, tan profunda y acertada, debería ser recordada y enseñada, porque ha determinado la historia de nuestro mundo hasta el tiempo presente.
Pero a nadie se le escapaba que tanto Texas como el propio país norteamericano estaban pensando en una posible incorporación. Se adujo para posibilitar su anexión un posible temor a que Gran Bretaña pudiese interferir en la zona, tal vez fortaleciendo a Texas para debilitar a EE.UU. Como México no aceptaba el perder este territorio con su frontera en río Grande y también rechazó los sobornos ofrecidos, el gobierno estadounidense decidió que la forma de resolverlo era mediante una guerra. Y para ello envió al general Taylor a territorio de México con un contingente de soldados, alrededor de 3.500, no con el propósito de lanzar un ataque como agresor, sino con la idea de provocar a los mexicanos para que estos respondiesen a esta maniobra deliberadamente realizada. De este modo se presentaría la respuesta mexicana como una agresión y así se publicaría tal hecho en la prensa y otros medios de comunicación, exaltando las posibles muertes norteamericanas que se producirían e indicando que se hacía en territorio estadounidense, algo completamente discutible.
El 8 de mayo de 1846, Polk se reunió con su Gabinete en la Casa Blanca y les dijo que si el ejército de México a las fuerzas de EE.UU., él iba a enviar un mensaje al Congreso pidiendo una declaración de guerra (White House Historical Association). Cuando las noticias de las escaramuzas esperadas llegaron, el presidente Polk emitió el comunicado, que ya tenía redactado, al Congreso el 11 de mayo.

México ha vulnerado las fronteras de Estados Unidos, ha invadido nuestro territorio y ha derramado sangre americana en territorio americano… (Powers).

La prensa en general, como de costumbre, azuzó a la guerra con titulares que clamaban por la indignación nacional y ensalzaban la nobleza de la misión, exaltando el Destino Manifiesto. En el Congresman Globe se decía:

Debemos marchar de Texas, directos hacia el Océano Pacífico, y sólo tener sus terribles olas como frontera… Es el destino de la raza blanca, es el destino de la raza anglosajona… (Zinn, 1997, p. 141).

En el New York Herald:

Estamos a punto de vastos y desconocidos cambios en el destino de las naciones (Reilly, 2010).

Incluso quienes ponían reparos a la guerra o a la esclavitud, mostraban alguna justificación a esta ocupación. El reverendo Theodore Parker, ministro unitario en Boston, a la vez que criticaba a la guerra daba sustento al sometimiento de México y a la expansión estadounidense bajo un tinte claramente racista:

El avance irreprimible de una raza superior, con ideas superiores y una civilización mejor… (Zinn, p.142)

No obstante, también hubo un amplio sector social que habló claramente contra la guerra, sin buscar otras posibles justificaciones. Ejemplo son: el escritor y defensor de la desobediencia civil Henry David Thoreau, organizaciones abolicionistas y un largo etcétera que veían en la guerra el camino al crimen, al robo y a la barbarie. Frederick Douglas, escritor, orador y antiguo esclavo, la definía en 1848 como:

La guerra actual –desgraciada, cruel e inicua- contra nuestra república hermana. México parece una víctima propiciatoria de la codicia anglosajona y del amor al dominio (Zinn, p.143).

Y así fue, Estados Unidos se lanzó sobre Texas, Nuevo México y California, para luego adentrarse en el interior de la República de México. En su avance destruyó poblaciones, bombardeó Veracruz y tomó la Ciudad de México en septiembre de 1847.

De mi obra Justificando la guerra.

Referencias-Notas:
1. Robert Kelley. The Shaping of the American Past. Englewood Cliffs New Jersey: Prentice Hall, 5th edition, 1975
2. Howard Zinn. A People History of the United States. New York: Harper Collins Publication, 2003.
3. Tom Reilly. War with Mexico!: America´s Reporters Cover the Battlefront. University Press of Kansas, November, 2010.

Tomado de http://miguel-esposiblelapaz.blogspot.mx

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