Por Gilberto Mayoraga

El Congreso Nacional Indígena (CNI) y el EZLN han salido de nuevo a una campaña política, en esta ocasión con rumbo a la elección federal de 2018.

Las reacciones ante esta nueva campaña no se han hecho esperar. Desde la izquierda y desde la derecha se han lanzado calificativos hacia los promotores y hacia la candidata del movimiento, María de Jesús Patricio Martínez “Marichuy”, que, con una plataforma basada en el anticapitalismo y la dignidad indígena busca la unidad de los pueblos originarios de cara a la elección. No es una candidatura que pretenda ser un factor determinante en la votación, sino que pretende aprovechar la campaña electoral como una tribuna para las demandas del movimiento indígena.

Muchas han sido las posiciones que las distintas fuerzas políticas han adoptado frente a la candidatura indígena. La derecha invariablemente ha mantenido un silencio casi total frente al contenido de la campaña, acaso los grandes medios le han dado alguna cobertura pues se tiene la idea de que la candidatura indígena le restaría votos a López Obrador (AMLO). Fuera de eso, la derecha y el gobierno mantienen un silencio ominoso frente a los pueblos indígenas y el EZLN, a la espera de que se debiliten y acaben por perder toda iniciativa política.

En la izquierda la situación es mucho más complicada. La izquierda reformista se ha dividido entre quienes se han sumado al esfuerzo del CNI y quienes se han alineado con el círculo lopezobradorista. Tal división puede verse bien delineada en la división de la redación de La Jornada, por ejemplo. El círculo lopezobradorista, en cambio, sólo ha hablado por boca del propio López Obrador, quien ha descalificado públicamente la candidatura del CNI, diciendo que pretende dividir el voto de la izquierda, aunque de hecho, Morena no se ha pronunciado oficialmente al respecto. Y hay que ser claros en la distinción entre Morena como partido, la corriente lopezobradorista como la fracción que apoya a AMLO en persona y el círculo lopezobradorista, que es el entorno organizado de AMLO; pues no se trata de lo mismo: Morena como partido es más amplio y abarca varias corrientes de la izquierda y no sólo al lopezobradorismo, que tampoco está incluido por completo en Morena, y el círculo de AMLO es un grupo cerrado que tiene posiciones clave en la dirección de Morena, pero muchos de sus elementos no forman parte del partido sino de una estructura paralela creada por el propio AMLO.

La acusación de que el CNI y el EZLN buscan dividir el voto de la izquierda no es una acusación nueva, durante la elección de 2006 el EZLN salió en campaña con el Subcomandante Marcos al frente y chocó directamente con AMLO, señalando al entonces candidato del PRD como el verdadero enemigo de la izquierda y de los pueblos indígenas y rechazando los gestos de acercamiento de AMLO como mera retórica no sustentada en compromisos realistas.

Naturalmente los reformistas alineados con AMLO contraatacaron, reciclando las acusaciones que la derecha lanzaba al EZLN desde su rebelión en 1994; se habló de una “conspiración salinista”, de “fuerzas oscuras del PRI y del extranjero”, etc. Desde ese año (2006) se formalizó la ruptura entre los sectores reformistas, ya visible desde 2001. A la divergencia política se sumó la beligerancia visceral del reformismo, un sector político que tiene poca claridad de las tareas históricas de la izquierda en la época actual.

¿Cuál debe ser la posición de los marxistas de cara a la candidatura indígena?

Por principio de cuentas, es indispensable mirar críticamente la ruptura del reformismo. Contrariamente a lo que sostienen algunos lopezobradoristas, las causas de la ruptura no provienen del choque de personalidades entre Marcos y AMLO, aunque este enfrentamiento no deja de tener importancia. Las razones son eminentemente políticas. Si el EZLN rompió con el lopezobradorismo lo hizo en el sentido de romper con el liderazgo del PRD al cual señaló como responsable de la traición que constituyó el rechazo de la Ley de derechos y cultura indígena en el Congreso en el año 2001, que en vez de aprobarse en los términos negociados, fue escamoteada por la ley castrada de Fox, con la complicidad del PRD (los senadores del partido votaron a favor de la iniciativa de Fox mientras los diputados votaron en contra).

En el análisis del EZLN, AMLO no significa sino la continuación aún más adulterada de esa traición, ya que busca únicamente el voto de los pueblos indígenas como individuos no organizados dentro de una estrategia puramente electoral, que se limita a instrumentar las movilizaciones democráticas en su propio favor y el de su grupo.

Lejos de ser puramente visceral, la crítica del zapatismo fue puntual en su momento y, paradójicamente, hoy se critica al lopezobradorismo de manifestar esas mismas tendencias (que el zapatismo ya señalaba entonces aunque ya existían desde antes de 2006) que hoy son ya más que dominantes en el partido. En su comunicado titulado Un pingüino en la Selva Lacandona, el EZLN anotaba:

“… si la Sexta declarara el apoyo incondicional al centro político representado por López Obrador. Y si dijéramos “vamos a salir para sumarnos a las redes ciudadanas en apoyo a AMLO”, vendrían el entusiasmo, los “sí”, los “claro, hay que salir, no hay que quedarse encerrado, es hora de que el zapatismo abandone su guarida y una sus experiencias a las masas volcadas a favor del esperado”. Mmh… López Obrador. Acaba de presentar su “Proyecto Alternativo de Nación” ante las redes ciudadanas. Nosotros desconfiamos y no vemos más que un maquillaje plástico (que cambia según el respetable) y una lista de promesas olvidables. Como quiera, tal vez alguien pueda decirle a AMLO que no puede prometer “el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés”, porque eso significa, entre otras cosas, reformar la Constitución, y si mal no recuerdo ése es trabajo del Congreso. En todo caso, la promesa la debería hacer un partido político, señalando que sus candidatos cumplirán si son elegidos. De otra forma, tendría que proponerse que el Ejecutivo federal mandara sobre los otros poderes o los desconociera. O sea, una dictadura. Pero no se trata de eso. ¿O sí?

En la política de arriba, los proyectos buscan, en los periodos electorales, sumar lo más que se pueda. Pero al sumar a unos, restan a otros. Entonces deciden sumar a los más y restar a los menos. Como estructura paralela al PRD, AMLO ha creado las “redes ciudadanas” y su objetivo es sumar a los que no son perredistas. Para esas “redes ciudadanas”, AMLO presenta a seis personas que van a coordinar, a nivel nacional, a todos los lopezobradoristas no perredistas. Veamos a dos de los “coordinadores nacionales”.

Socorro Díaz Palacios, subsecretaria de Protección Civil en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. El 3 de enero de 1994, mientras los federales perpetraban la matanza del mercado de Ocosingo, declaró (cito el boletín de prensa de la Secretaría de Gobernación): “Los grupos violentos que están actuando en el estado de Chiapas presentan una mezcla de intereses y de personas tanto nacionales como extranjeras. Muestran afinidades con otras facciones violentas que operan en países hermanos de Centroamérica. Algunos indígenas han sido reclutados, presionados por los jefes de estos grupos, y también, sin duda, manipulados en torno a sus reclamos históricos que deben seguirse atendiendo”. Y más adelante: “El Ejército Mexicano, por su parte, seguirá actuando con gran respeto a los derechos individuales y de la población, hasta dar una respuesta clara y decidida a la demanda de orden y seguridad… bla, bla, bla”. En los días subsiguientes la Fuerza Aérea bombardeaba las comunidades indígenas al sur de San Cristóbal de las Casas, y el Ejército detenía, torturaba y asesinaba a 3 indígenas en la comunidad de Morelia, entonces en el municipio de Altamirano, Chiapas, México.

Ricardo Monreal Avila. En enero de 1998, apenas unos días después de la matanza de Acteal, el entonces diputado por el PRI e integrante de la Comisión Permanente del Congreso de la Unión, comentó “que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) es un grupo paramilitar, al igual que aquellos que victimaron a los 45 indígenas tzotziles el 22 de diciembre de 1997 en Chenalhó, Chiapas. Porque paramilitar es todo aquel que actúa como Ejército sin serlo y se arma siendo civil. Todos tienen que desarmarse, porque todos han contribuido a esta violencia innecesaria, injusta y torpe que nos ha enlutado a todos los mexicanos”, indicó (El Informador, de Guadalajara, Jalisco, 3/I/98). Días después, antes de pasarse al PRD, porque en el PRI no le dieron la candidatura al gobierno de Zacatecas, declararía (cito la nota de Ciro Pérez y Andrea Becerril, en La Jornada, 7/I/98) que el episodio de Chenalhó (se refiere a la matanza de Acteal) sí estaba planeado, “pero no por quien asegura el líder blanco de los indígenas de piel oscura”. Opina que la posición del EZLN respecto a la matanza trata de “allegarle una justificación adelantada a Marcos y a los intereses que protege”, y termina advirtiendo que el EZ sirve a intereses extranjeros que buscan “obtener el dominio de la zona del Istmo de Tehuantepec, sus recursos y su ubicación estratégica, objetivo al que adecuadamente sirven Marcos y los ejércitos que disputan la bandera indígena”. Mmh… me suena, me suena… sí, es el punto 28 del programa de AMLO, que dice, textual: “Vincularemos el Pacífico con el Atlántico, en el Istmo de Tehuantepec, mediante la construcción de dos puertos comerciales: uno en Salina Cruz, Oaxaca, y otro en Coatzacoalcos, Veracruz, así como ferrocarriles de carga de contenedores y la ampliación de la carretera existente”. (http://www.jornada.unam.mx/2005/07/23/index.php?section=politica&article=010n1pol)

¿Por qué una formación política independiente de Morena, como lo es el CNI debería someterse a esta organización si no está de acuerdo con sus posiciones, y más aún sin ninguna clase de acuerdo previo?

El lopezobradorismo sólo ha respondido con su propia versión del “voto útil” foxista: hay que ganar la presidencia primero y luego arreglar los conflictos programáticos. Eso puede resultar lógico para un reformista sin demasiada experiencia política, pero para un marxista no es más que un vano intento de censurar la lucha de clases que asoma en el propio Morena, no se diga ya en la izquierda.

Desde el punto de vista de los marxistas agrupados en Morena, la cuestión radica en apoyar las iniciativas qué alientan la lucha de clases, que desbrozan el camino a la emancipación política del proletariado, emancipación que primero es ideológica, luego política y después económica. Con esto en mente, se llega a la conclusión de que el triunfo de la izquierda reformista es importante por cuanto significa un voto plebiscitario que golpea directamente al régimen burgués narco-priísta. Por ello no podemos coincidir con el EZLN en que Morena y el PRI sean lo mismo, son diferentes por lo menos en los matices, y en política los matices son cruciales en los momentos precisos. No considerar los matices en política es un error izquierdista, o sea, significa reemplazar la realidad por los deseos. Morena es un matiz, inconsecuente y con un programa inferior al del reformismo clásico ya criticado con dureza por el marxismo, pero es un matiz que será crucial en el contexto del proceso político actual, y en el marco de la elección de 2018 su triunfo significaría un triunfo popular contra el Estado y la burguesía.

Pero aquí cabe aclarar que el triunfo popular sólo lo constituye el triunfo en el momento preciso de la elección de 2018, al día siguiente de que AMLO tomara la presidencia la situación cambiaría completamente; en ese momento el círculo lopezobradorista comenzaría a gobernar en acuerdo con la burocracia heredada del Estado priísta, aplicando el programa centrista (en realidad de derecha) que le ha impuesto al partido Morena, cuyos contenidos son plenamente capitalistas, si acaso barnizados con un poco de honradez y mirando las necesidades populares. Por tanto, al comenzar a ser gobierno, el lopezobradorismo buscaría la continuidad de las viejas prácticas del Estado y en consecuencia buscaría desmovilizar a las bases de Morena y reducir al partido a la impotencia. En esto no podemos sino darle la razón a los zapatistas, quienes a su manera y dentro de sus propios cánones reformistas, han sido indoblegables y han buscado sus propias formas de hacer una política democrática y popular.

Por otro lado, desde un punto de vista marxista, mientras no exista el Partido Comunista centralista democrático, y predominen las organizaciones reformistas, es menester el reconocimiento de la pluralidad de las iniciativas políticas (que de hecho sólo significa reconocer la realidad), por tanto no es válido reconocer al círculo lopezobradorista una hegemonía por la que no ha trabajado y por tanto no podemos reconocer que tenga o pueda llegar a tener el monopolio del discurso y la estrategia de la izquierda.
Por ello se puede decir con claridad que la posición de que el CNI “divide el voto” no es más que una excusa del círculo lopezobradorista para evitar una verdadera discusión programática en la izquierda y, sobre todo, en el propio Morena. Así que si bien no podemos estar de acuerdo con el CNI y el EZLN de que los matices no son importantes, tampoco podemos estar de acuerdo con las mendaces afirmaciones de que esas organizaciones buscan “sabotear a la izquierda”.

Así, mientras los marxistas en Morena participamos de la iniciativa de masas que ésta ha convocado, atendiendo al matiz de que nos hemos referido, también consideramos positiva, y saludamos, la iniciativa del CNI y del EZLN, no sólo en el contexto de la elección plebiscitaria de 2018, sino en el contexto de la movilización de los pueblos indígenas, que desde 1994 (y en realidad desde mucho tiempo atrás) se han organizado para resistir al Gobierno y a la clase capitalista, desde su propio contexto de pueblos originarios, poseedores de su propia identidad étnico-nacional, misma que han luchado por incluir como régimen autonomico en el marco del Estado nacional mexicano.

Por todo esto, los marxistas tienen que saludar solidariamente la lucha de los pueblos indígenas, y en este caso la campaña del CNI, ya que ésta abre otro frente al régimen, y expresa la vitalidad de los pueblos originarios. Como marxistas, sin embargo, también consideramos que el principal eje de lucha se encuentra en la campaña federal de Morena y consideramos que ahí se encuentra el punto de apoyo para la lucha popular en el momento presente, y más aún, esperaríamos de Morena un llamado público y abierto al CNI y al EZLN a sumarse a la campaña de 2018 (como lo solicitó en su momento el EZLN del PRD) sobre la base de la aceptación de las demandas del movimiento indígena plasmadas en los Acuerdos de San Andrés.

Ésta lucha del CNI y del EZLN ha evolucionado a partir del propio sustrato indígena del país y ha entroncado con el proceso de decadencia del régimen despótico priísta, pero es un error intentar comprenderlo desde el punto de vista de la evolución de la izquierda no indígena, que ha tenido su propia historia. La emergencia de la rebelión indígena ha seguido otros cauces, mucho más silenciosos, que pasaron desapercibidos a la mayoría de los observadores, académicos o no, y aún ahora es poco comprendida, pues se topa además con el racismo y la discriminación étnica, que recurren a los muy conocidos lugares comunes de la derecha filohispánica. Precisamente por esto, la propia izquierda no indígena debe considerar el movimiento indígena en su originalidad y no como cualquier otro movimiento popular, campesino o cívico, tomando en cuenta el hecho de que se trata de pueblos que tienen una lengua propia, instituciones y costumbres, formas de economía y en general un contexto vital propio de ellos y que no comparten con el resto de los mexicanos, un contexto cuyas raíces incluso son más antiguas que el propio Estado nacional mexicano, con el cual han coexistido en una relación de subordinación.
El primer paso para tomar cualquiera resolución frente al movimiento indígena es precisamente reconocer este punto de partida, labor de suyo complicada, pero precisamente una tarea que sólo puede resolverse satisfactoriamente desde el marxismo.

Como marxistas no podemos caer en los lugares comunes del reformismo, es menester reconocer el carácter étnico nacional de los pueblos indígenas, así como reconocer y apoyar su deseo de obtener la autonomía dentro del Estado nacional mexicano.

Por ello mismo es indispensable que todo marxista reconozca y apoye sus iniciativas políticas, sin que ello signifique ahorrarse críticas, pues el marxismo es un método crítico, pero siempre enfocando las cuestiones desde la especificidad del movimiento indígena, y teniendo presente que mientras se trate de un marxista no indígena tiene que tener en cuenta que es un marxista de la nación grande, un “ladino” y, como tal, debe conducirse con respeto a la identidad y cultura indígenas. No debemos repetir los errores de muchos marxistas españoles, que con respecto a Cataluña mostraron su chovinismo y nacionalismo gran español y acabaron rodando al fango donde ahora se revuelcan con los fascistas.

De nuevo, como marxistas consideramos positivo todo avance de las fuerzas reformistas siempre y cuando eso signifique que las masas trabajadoras, con el proletariado a la cabeza, se acerquen a su emancipación ideológica y política, como paso previo a la emancipación completa, esto es, la supresión de la sociedad capitalista y su paso al socialismo. Por ello, como marxistas no estamos, ni podemos estar, atados de una vez y para siempre, a esas formas reformistas de la organización popular, que como tal son transitorias y han de perecer con el propio capitalismo.

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Es una publicación impresa y digital, como un esfuerzo de Morena Socialista para recuperar la teoría marxista al interior del partido morena.