Escrito por: Gilberto Mayoraga.

España ha sido sacudida por el proceso de autodeterminación de Cataluña abierto por el gobierno regional y la izquierda independentista. Como era de esperarse, la respuesta de la monarquía española ha sido brutal. El referendo convocado el pasado 1 de octubre hubo de enfrentar la represión policiaca y la intervención del gobierno local por parte del Estado español, que trasladó agentes de todos los rincones de España para intentar detener el proceso de consulta. No lo logró, sin embargo, el proceso se realizó y millones de catalanes acudieron a votar en masa por la independencia de Cataluña y su constitución en república.

Sin embargo, la presión sobre el gobierno catalán continuó y en un vuelco histórico no proclamó la independencia en la sede del parlamento como se esperaba el día 10 de octubre. La decepción cunde en las filas del independentismo pero el gobierno español no se ha dado por satisfecho y planea seguir asfixiando Cataluña hasta que se someta a sus designios de él.

El proceso catalán no ha concluido, pero ya ha dejado grandes enseñanzas acerca del contexto político actual, demostrando que bajo el capitalismo seguirán presentes los conflictos nacionales y étnicos, contrariamente a lo que tanto propalaban los fanáticos de la Unión Europea.

Pero no sólo eso, sino que el proceso catalán también condujo a una división entre la izquierda española y la propia sociedad, y sacó a la luz a las fuerzas fascistas que forman parte del Estado español desde el final de la guerra civil de 1939.

La izquierda española resultó dividida por cuanto que en ella se ha incubado el nacionalismo, como en cualquier país capitalista, pero en España el nacionalismo es esencialmente el de la nación castellana, que busca aplastar las naciones vasca, gallega, catalana, sin intentar una verdadera integración de estos grupos nacionales; la izquierda, incluso una pequeña fracción de la comunista, resultó en parte incapaz de sobreponerse a sus prejuicios étnicos y nacionales e intentó explicar su posición apelando a criterios políticos de clase, pero fracasó a todas luces, pues en todo momento afloraron los prejuicios acumulados por la decadencia y descomposición de la monarquía española, restaurada al vapor por el dictador Franco y débilmente apuntalada por la constitución de 1978, transacción desafortunada, por decir lo menos, entre el Estado fascista y el Partido Comunista.

Así, la derecha se agrupó casi sin pugnas detrás de los fascistas y las fuerzas armadas, mientras la izquierda se dividió entre aquellos que se pronunciaron por el respeto a la autodeterminación y aquellos que renunciaron a éste y en los hechos se sumaron a la derecha, si no por acción, sí por omisión.

Algunos marxistas inclusive, cayeron en la trampa del chovinismo de gran potencia, constituyendo casos verdaderamente lamentables. Como marxistas, siempre debieron tener presentes las tesis leninistas sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación, lo que no implica automáticamente que los marxistas apoyen todo proceso independentista, sino que hay que valorar caso por caso, determinando si tal proceso beneficia o perjudica la lucha de las clases trabajadoras por su propia liberación.

En el caso catalán, era evidente que el proceso iba en colisión directa con el fascismo español, con la monarquía y con el capital nacional español, por lo que se trata de una lucha que potencia la lucha de clases tanto en Cataluña como en España. Muchos comunistas, sin embargo, objetaron que el proceso “estaba dirigido por la burguesía catalana en su propio interés”. Siendo cierta esta afirmación se puede responder que eso era y es obvio, pues el proletariado no es esencialmente separatista, pero con todo, la aspiración nacional catalana no es tampoco puramente burguesa y la fracción nacionalista de la izquierda española, al atacar al proceso catalán sólo reforzó la adhesión de los trabajadores catalanes a su propia burguesía, alentó el odio nacional y acabó reforzando a su propia burguesía en España, al fascismo y a la monarquía.

Por ello, el camino señalado por Lenin es el único correcto y el proceso catalán ha demostrado a las claras que es plenamente vigente. La mayor enseñanza del proceso catalán para los marxistas es que nunca deben pretender pasar sus prejuicios por principios socialistas o llamarles “internacionalistas” cuando en realidad son lo opuesto, sino que deben revisarlos a la luz de las enseñanzas del internacionalismo leninista. Los marxistas tienen qué manifestar siempre su defensa del derecho de las naciones a la autodeterminación, sin que ello signifique que defienden toda independencia en todo contexto, sino analizándo la situación siempre a la luz de la lucha de clases.

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