Por GM

El desarrollo del capitalismo nunca ha estado separado de la lucha ideológica, como ya bien lo identificaran Marx y Engels, la ideología es un frente de la lucha del capital para mantener su dominio sobre los trabajadores, un régimen social asentado en el dominio de clase no puede sino mantenerse en un estado de guerra permanente contra la crítica de su economía y su política, por ello vencer en el terreno de la ideología ha sido, es y será crucial para el mantenimiento del dominio de clase de la clase capitalista.

Naturalmente, esta lucha ideológica del capital ha adquirido diferentes formas y contenidos a lo largo de la historia del capitalismo, asimismo puede ser más o menos sofisticada y eficaz, más o menos velada y sutil.

También ha variado en el tiempo el eje de tal defensa del capital, a veces ha tolerado la crítica y a veces simplemente ha ejercido la censura.

En la época actual, la defensa ideológica del capital ha tomado tintes apologéticos y al mismo tiempo ha intentado obtener un alto grado de sofisticación.

La apología del capital se ha topado con serios problemas desde la segunda mitad del siglo XX, por un lado, el estado de crisi permanente, el paro forzoso, la crisi medioambiental, y el descontento generalizado ante los bajos salarios, la miseria, la violencia y la guerra, hacen muy difícil sostener un discurso optimista, o cuando menos uno que sostenga un balance positivo de avances sociales bajo el capitalismo. Cuando alguien que “defiende” el capitalismo se pone a hablar o escribir sobre las bondades del sistema, no tarda en sonar fatuo y forzado, sobre todo si se dirige a trabajadores, por lo que no tarda en buscar responsables de que “ las cosas no funcionen como debería ser” en un supuesto “capitalismo normal”, y los responsables que se hallan más a la mano son, naturalmente, “los políticos” de todo el espectro, sean de izquierda o de derecha, supuestamente crean los problemas y las crisis con su corrupción y su falta de apoyo al desarrollo económico o de plano su obstrucción al desenvolvimiento “sano” de los negocios.

Claro que hay otros “responsables” los pobres son pobres por su mentalidad y al mismo tiempo estorban al desarrollo oponiendo sus reclamos por subsidios y por impedir al capital tomar recursos como la tierra y el agua que de otra manera serían otras tantas fuentes de progreso, etc.

O sea, para esta apología, la sociedad política y los pobres se erigen en estorbos para la benigna acción de los “emprendedores” los hombres de empresa, que no son únicamente los grandes capitanes de las grandes corporaciones, sino todo aquel que “emprende” una actividad económica por su cuenta, sin importar la modestia de sus recursos. Aquí no se habla de un capitalista como se le concibe en las teorías clásica y marxista, sino de un empresario, alguien que sin importar sus recursos “desarrolla” por su cuenta y riesgo una empresa de su propiedad, sea un consorcio automotriz o un carrito de helados, da lo mismo; Slim y el dueño del carrito son por igual empresarios y como tales representan el sector progresista de la sociedad, opuesta a los pobres, los asalariados que no “emprenden” y a los “políticos”, los intelectuales, trabajadores del Estado, que constituyen un sector “subsidiado” por los “emprendedores”.

Para esta forma de apología, sólo los “emprendedores” crean riqueza, “dan” empleo y construyen la sociedad, el resto, sobre todo los sindicalizados y los receptores de subsidios como los campesinos, son rémoras que viven de la riqueza creada por los “empresarios”.

Naturalmente esta concepción contraviene totalmente los descubrimientos de las teorías clásica y marxista, que delimitan muy claramente quiénes son realmente los capitalistas y quiénes no. El pequeño y muy pequeño empresario no pueden englobarse con los grandes empresarios y menos con los tiburones monopolistas, pues el pequeño empresario y el muy pequeño empresario aún aportan su trabajo a la actividad económica que desarrollan, no se han separado del trabajo, y la más de las veces, aun en el caso de que sean los dueños de sus instrumentos de trabajo, no siempre y a veces nunca, son dueños por completo de sus productos, que acaban cayendo en las redes del comercio controladas por los grandes capitalistas y eso si son productos exitosos, o de lo contrario se quedan en la mera distribución local, lejos del mercado controlado por los grandes capitales.

Así, en los hechos, los pequeños “empresarios” acaban por ser meras extensiones del gran capital, y mientras más emprendedores son, representan menos riesgos para los grandes capitalistas. Acaban por convertirse en empleados no asalariados de los grandes consorcios, que los proveen de herramientas, materias primas y mercados para sus productos, así como pequeños financiamientos y algo de tecnología, pero el gran capital no comparte el riesgo ni gasta un centavo para hacer más ligera la carga del pequeño “empresario”.

El caso extremo de esta tendencia es cuando el pequeño empresario de plano se integra en un proceso económico dirigido por el gran capital, por ejemplo cuando el pequeño negocio maquila, ensambla o revende productos de una gran empresa, en cuya cadena de producción acaba integrado, pero realmente lo hace afrontando riesgos que no comparte con el gran capital, y tampoco las ganancias. ¡Todo a cambio de llamarse “empresario”!

El pequeño empresario vive, de alguna manera, la apología del orden capitalista, cuando prospera aunque sea un poco llega incluso a sentir agradecimiento con la gran empresa y mira con recelo toda agitación económica y social, pero cuando las colisiones sociales son más fuertes y el Estado se halla amenazado, la pequeña posesión se escinde, y mientras una parte cierra filas con el orden capitalista, otra lo cuestiona y se “radicaliza” y se pasa a las filas de los trabajadores proletarios. El proletariado, de una u otra forma, siempre se halla detrás de todas las conmociones políticas que sacuden al régimen capitalista.

La apología del capital es impensada en el sentido de que toda la ideología es un proceso de desarrollo de la conciencia, y no se trata de una cortina de humo que se tiende deliberadamente para ocultar la realidad, pues eso implicaría que quien o quienes tienden esa cortina de humo saben lo que realmente ocultan y no es el caso. La ideología pretende explicar los hechos de la realidad con base en determinados principios más o menos racionales, que son, en última instancia originados en la práctica de determinada clase social. En este caso, la apología del capitalismo proviene de la práctica burguesa de los pequeños productores y de la gran burguesía.

La apología del capitalismo cumple funciones bien específicas en la sociedad contemporánea:

a) Evitar que se reconozca el hecho de que la crisis capitalista y el desarrollo capitalista son dos aspectos o fases de un mismo proceso histórico, y por tanto son inseparables y conducen necesariamente al ocaso y final del modo de producción burgués.

b) Ocultar el hecho de que no existe vía capitalista para superar el capitalismo, que las crisis que experimenta el modo de producción nunca se han resuelto ni se resuelven sino por la entrada en acción de la lucha de clases y la devastación ambiental, esto es, por la explotación incrementada de los trabajadores, la guerra y la sobreexplotación de los recursos naturales.

Por ello, desde sus mismos orígenes, el marxismo se ha opuesto resueltamente a toda apología o concesión teórica en lo que respecta a la ideología capitalista, por el efecto desmovilizador y desmoralizador que tiene, al desviar el desarrollo de la conciencia de las masas hacia la búsqueda de vías intermedias y la conciliación entre las clases. Casi ni hablar cabe de la oposición del marxismo a las vulgares apologías del capital que ni siquiera hablan de superar el capitalismo, sino que propagan la idea de que el capitalismo es el último régimen que conocerá la historia y que toda oposición a él no sólo es inviable sino perjudicial, a los defensores de esas apologías no se les refuta, sino que se les señala con el dedo, como se señala a los embaucadores.

Periódico Revolución
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