Escrito por: Leon Trotsky

El triunfo de Stalin, de Jto i Kak Proizoslo, Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por George Saunders; Apareció otra traducción en el New York Times del 1º de marzo de 1929 (Trotsky revela el origen de su caída) y en otros periódicos.

25 de febrero de 1929.

Stalin fue electo secretario general en vida de Lenin, en 1922. En esa época el cargo tenía un carácter más técnico que político. No obstante, en ese entonces Lenin ya se oponía a la candidatura de Stalin. Fue precisa­mente en este sentido que habló de un cocinero amante de los platos picantes. Pero cedió ante las posiciones de otros miembros del Buró Político, aunque con escaso entusiasmo: “Probaremos y veremos.”La enfermedad de Lenin provocó un cambio total en la situación. Hasta ese momento él, a la cabeza del Bu­ró Político, tenía en sus manos la palanca central del po­der. El segundo nivel de trabajo, la puesta en práctica de las resoluciones principales, fue confiado al secretario general Stalin. Todos los demás miembros del Buró Político se ocupaban de sus respectivas funciones específicas.

Al desaparecer Lenin de la escena, la palanca cen­tral quedó automáticamente en manos de Stalin. Se consideró que era una situación provisional. Nadie propuso cambio alguno, porque todos esperaban una rápi­da recuperación de Lenin. Durante esa época Stalin se movió febrilmente para escoger a sus amigos y hacerlos escalar posiciones en el aparato. Cuando Lenin se recuperó de su primer ataque y volvió por un tiempo al trabajo, en 1922-1923, quedó horrorizado al ver hasta qué punto se había burocrati­zado el aparato y qué omnipotente parecía en relación a la masa partidaria. Mientras insistía en que fuera yo su lugarteniente en e1 Consejo de Comisarios del Pueblo, Lenin discutió conmigo la forma de librar una lucha conjunta contra el burocratismo de Stalin. Había que hacerlo de manera tal que el partido sufriera la menor cantidad posible de convulsiones y choques. Pero la salud de Lenin volvió a empeorar. En su lla­mado testamento, escrito el 4 de enero de 1923, le acon­sejó insistentemente al partido que se sacara a Stalin del poder central debido a su deslealtad y su tendencia al abuso del poder. Pero una vez más Lenin debió vol­ver a su lecho de enfermo. Se renovó el acuerdo provi­sional de mantener a Stalin en el timón. Al mismo tiem­po, las esperanzas de que Lenin se recuperara se des­vanecían rápidamente. Ante la perspectiva de que de­berla abandonar definitivamente su trabajo, quedó planteado otra vez el problema de la dirección del partido.

En ese momento, las diferencias de tipo principista todavía no habían cristalizado. El grupo de mis adver­sarios tenía un carácter puramente personal. El santo y seña de Zinoviev, Stalin y Cía. era: “No permitamos que Trotsky asuma la dirección del partido.” En el transcurso de la lucha posterior de Zinoviev y Kamenev con­tra Stalin, los secretos de este período anterior fueron revelados por los mismos protagonistas de la conspira­ción. Porque se trataba de una conspiración. Se creó un Buró Político secreto (el Septenvirato) integrado por todos los miembros del Buró Político menos yo, con el agregado de Kuibishev, en la actualidad pre­sidente del Consejo Supremo de la Economía Nacio­nal. Todos los problemas se resolvían de antemano en este centro secreto, cuyos integrantes estaban juramen­tados. Acordaron no polemizar entre sí y al mismo tiem­po buscar oportunidades para atacarme. En las organi­zaciones locales existían centros similares, vinculados al Septenvirato de Moscú por una rígida disciplina. Se comunicaban a través de códigos especiales. Se trataba de un grupo clandestino, bien organizado, en el seno del partido, dirigido en principio contra un hombre. Las personas destinadas a ocupar cargos de responsabilidad en el partido y en el estado eran escogidas según un criterio único: la oposición a Trotsky. Durante el prolongado “interregno” creado por la enfermedad de Lenin, este trabajo se realizó sin pausa, pero todavía en forma cautelosa y oculta, de manera que, en la eventualidad de que Lenin se recuperase, los puentes minados se mantuviesen intactos. Los conspi­radores actuaban con medias palabras. Los candidatos a los puestos debían adivinar qué se les pedía. Los que “adivinaban” trepaban la escalera. De esa manera se engendró un nuevo tipo de arribismo, que más tarde adquirió el nombre público de “antitrotskismo”. La muerte de Lenin les dejó las manos libres a los conspi­radores y les permitió salir a la luz.

Los militantes del partido que alzaban su voz para protestar contra la conspiración, se veían sometidos a ataques arteros con los pretextos más descabellados, a menudo inventados. Por otra parte, ciertos elementos moralmente inestables, de esos que en los cinco pri­meros años del poder soviético hubieran sido expulsa­dos implacablemente del partido, ahora adquirían su póliza de seguro a cambio de algunas observaciones hostiles respecto de Trotsky. A partir de fines de 1923 se empezó a realizar ese mismo trabajo en todos los partidos de la Comintern: algunos dirigentes fueron destronados y otros ocuparon sus puestos únicamente en virtud de su actitud hacia Trotsky. Se realizó un pro­ceso de selección arduo y artificial; no se elegía a los mejores sino a los más acomodaticios. La táctica gene­ral consistía en remplazar a personas independientes y talentosas por mediocres que debían su posición exclu­sivamente al aparato. Y la máxima expresión de esa mediocridad de aparato llegó a ser el propio Stalin. Hacia fines de 1923 las tres cuartas partes del aparato ya estaban escogidas y alineadas, listas para llevar la lucha a la base del partido. Se habían preparado ar­mas de todo tipo y sólo se esperaba la señal para atacar. Entonces se dio la señal. Las dos primeras campañas de “discusión” en mi contra, en el otoño de 1923 y en el de 1924, coincidieron con épocas en que yo me encontraba enfermo, lo que me impedía hablar ante las reuniones partidarias. Bajo la furibunda presión del Comité Central, las bases comenzaron a ser atacadas desde todos los ángu­los a la vez. Mis viejas diferencias con Lenin, anteriores no sólo a la revolución sino también a la guerra mun­dial, y desaparecidas hacía mucho tiempo en nuestro trabajo conjunto, se sacaban repentinamente a la luz del día, distorsionadas, exageradas, y se las presentaba ante las bases partidarias nuevas como si se tratara de las cuestiones más apremiantes. Las bases quedaron anonadadas, malparadas, intimidadas. Al mismo tiem­po, se comenzó a emplear en un escalón más bajo el método de selección del personal. Ahora ya no se podía ocupar un puesto de administrador de fábrica, secretario de un comité de taller, presidente del comité ejecuti­vo de un condado, tenedor de libros o secretario de ac­tas si no se poseían credenciales de antitrotskismo.

Evité esta lucha mientras me fue posible, ya que no era más que una conspiración sin principios dirigida contra mi persona, al menos en sus primeras etapas. Para mí estaba claro que esa lucha, apenas estallara, adquiriría inexorablemente un carácter muy grave y, en las condiciones creadas por la dictadura revolucionaria, podría tener consecuencias peligrosas. No corres­ponde discutir aquí si fue acertado tratar de mantener un terreno común sobre el cual poder trabajar conjunta­mente, al precio de enormes concesiones personales, o si yo debería haber asumido la ofensiva desde un prin­cipio, a pesar de carecer de motivos políticos suficien­tes como para realizar semejante acción. Lo cierto es que elegí aquel camino y, a pesar de todo, no me arre­piento. Hay triunfos que conducen a callejones sin salida, y hay derrotas que abren nuevos caminos.

Inclusive después de que las profundas diferencias políticas salieron a la luz, desplazando la intriga perso­nal a un segundo plano, traté de mantener la pugna dentro de los marcos de una discusión principista y de evitar o impedir que se forzara una decisión, para per­mitir así que las opiniones y pronósticos en conflicto pudieran corroborarse a la luz de los hechos y las expe­riencias. En cambio, Zinoviev, Kamenev y Stalin, el que al principio se ocultaba tras los dos primeros, trataron con todas sus fuerzas de forzar una decisión. No tenían el menor deseo de que el partido tuviera tiempo de medi­tar sobre las diferencias y corroborarlas a la luz de la experiencia. Cuando Zinoviev y Kamenev rompieron con Stalin, éste automáticamente dirigió contra ellos la misma campaña de calumnias anti “trotskistas”, con toda su abrumadora fuerza de inercia, que los tres ha­bían desarrollado juntos durante un lapso de tres años. Esta no es una explicación histórica de la victoria de Stalin, sino un mero bosquejo de cómo se logró esa vic­toria. Tampoco se trata de una protesta contra la intriga. Una línea política que busca las causas de su derro­ta en las intrigas de su adversario es una línea ciega y patética. La intriga es un aspecto técnico específico de la realización de una tarea; sólo puede desempeñar un papel subordinado. Lo que resuelve los enormes pro­blemas de la sociedad es la acción de las grandes fuer­zas sociales, no las maniobras mezquinas. El triunfo de Stalin, con toda su inestabilidad e in­certidumbre, es la expresión de cambios importantes que se han producido en las relaciones entre las clases en la sociedad revolucionaria. Es el triunfo o semitriun­fo de determinadas capas o grupos sobre otros. Es el re­flejo de los cambios producidos en la situación interna­cional en el transcurso de los últimos años. Pero estos problemas son de tal envergadura que requieren un análisis especial.

A esta altura sólo se puede decir una cosa. La pren­sa mundial, hostil al bolchevismo, a pesar de todos los errores y confusiones que contiene su evaluación de las distintas etapas y acontecimientos de la lucha interna en la URSS, logró en general llegar al meollo social de esa lucha: la victoria de Stalin es la victoria de las ten­dencias más moderadas, conservadoras, burocráticas, partidarias de la propiedad privada y estrechamente nacionalistas, sobre las tendencias que apoyan la revo­lución proletaria internacional y las tradiciones del Par­tido Bolchevique. En ese sentido no tengo la menor queja respecto a las alabanzas del realismo stalinista que aparecen, con tanta frecuencia en la prensa bur­guesa. Hasta qué punto será sólido y duradero ese triunfo, y cuál será el rumbo futuro de los acontecimien­tos, es harina de otro costal.

¿Cómo pudo suceder? 1]

25 de febrero de 1929

¿Cómo fue posible que esto sucediera? Se puede responder de dos maneras: describiendo el mecanismo interno de la lucha entre los grupos dominantes o des­cubriendo las profundas fuerzas sociales subyacentes. Los dos enfoques son correctos y no se excluyen recíprocamente, antes bien, se complementan. Es natural que el lector quiera saber, en primer término, cómo se produjo concretamente un cambio tan radical en la di­rección, con qué medios pudo Stalin adueñarse del aparato y dirigirlo contra los demás. En comparación con el problema esencial del reacomodamiento de las fuerzas de clase y la progresión de las etapas de la revolución, la cuestión de los agrupamientos y combinaciones per­sonales sólo tiene una importancia secundaria. Pero, dentro de sus límites, es perfectamente legítima y hay que aclararla. ¿Qué es Stalin? Para dar una caracterización concisa habría que decir: es la mediocridad más destacada de nuestro partido. Está dotado de sentido práctico, una fuerte voluntad y perseverancia en la prosecución de sus objetivos. Su perspectiva política es sumamente estrecha. Y su nivel teórico es igualmente primitivo. Su trabajo de recopilación Fundamentos del leninismo, en el que trató de exaltar las tradiciones teóricas del parti­do, está lleno de errores elementales. Su desconoci­miento de idiomas extranjeros – no conoce uno solo lo obliga a seguir indirectamente la vida política de otros países. Su mente es obstinadamente empírica y desprovista de imaginación creadora. En el grupo dirigente del partido (en círculos más amplios era totalmente desconocido) siempre se lo suponía destinado a desempeñar papeles secundarios o subsidiarios. Y el hecho de que hoy juegue el papel dirigente refleja más las características del actual período de transición, de equilibrio inestable, que su propia personalidad. Como dijo una vez Helvecio: “Toda época tiene sus grandes hombres y, si éstos faltan, los inventa.”

Como todos los empíricos, Stalin está lleno de con­tradicciones. Actúa según sus impulsos, sin perspecti­vas. Su línea política es una serie de zigzags. Para cada zig o cada zag, inventa alguna teoría baladí o se la en­carga a otros. Su actitud hacia las personas y los hechos es sumamente irresponsable. Jamás se avergüenza de llamar blanco a lo que ayer llamaba negro. No sería difícil reunir un catálogo asombroso de las afirmaciones contradictorias de Stalin. Citaré un solo ejemplo, que es el que mejor se adecua a los límites de un artículo perio­dístico. Pido disculpas de antemano, porque el ejemplo concierne a mi persona. En los últimos años Stalin em­peñó todos sus esfuerzos en lo que se llama “la demisti­ficación de Trotsky”. Se elaboró apresuradamente una nueva historia de la Revolución de Octubre, junto con una nueva historia del Ejército Rojo y una nueva historia del partido. Stalin dio la señal para la revisión de los valores con su declaración del 19 de noviembre de 1924: “Trotsky no desempeñó ni pudo haber desempeñado un papel destacado en el partido ni en la Revolución de Octubre.” Comenzó a repetir esta afirmación en toda ocasión propicia. Alguien le recordó a Stalin un artículo que él mismo había escrito para el primer aniversario de la revolu­ción. El artículo decía textualmente: “Todo el trabajo de organización práctica de la insurrección fue realiza­do bajo la dirección inmediata del presidente del Soviet de Petrogrado, Trotsky. Puede decirse con certeza que el partido debe ante todo y fundamentalmente a Trots­ky el rápido paso de la guarnición al bando del Soviet y la eficaz organización del trabajo del Comité Militar Revolucionario.”

¿Qué hizo Stalin para salir de esta embarazosa con­tradicción? Muy sencillo: intensificó sus invectivas con­tra los “trotskistas”. Existen cientos de ejemplos por el estilo. Sus comentarios sobre Zinoviev y Kamenev[2] se destacan por sus contradicciones igualmente flagrantes. Y podemos estar seguros de que en un futuro próximo Stalin comenzará a expresar de la manera más ponzoñosa, sobre Rikov, Bujarin y Tomski,[3] las mismas opiniones que hasta el momento tacha de perversas calumnias de la Oposición. ¿Cómo se atreve a caer en contradicciones tan flagrantes? La clave del asunto es que sólo pronuncia sus discursos o escribe sus artículos cuando su adversario ya no tiene posibilidad de responder. Las polémicas de Stalin son el eco tardío de su técnica organizativa. El stalinismo es, ante todo, el trabajo mecánico del aparato. Lenin, en lo que se conoce como su “testamento”[4], menciona dos características de Stalin: rudeza y deslealtad. Pero éstas no se desarrollaron al máximo hasta después de la muerte de Lenin. Stalin quiere envenenar lo más posible la atmósfera de la lucha interna del partido y colocarlo así, ante el hecho consumado de una ruptura.

Este cocinero sólo preparará platos muy pican­tes”, le advertía Lenin al partido ya en 1922.[5] El de­creto de la GPU que acusa a la Oposición de prepararse para la lucha armada no es el único plato de este estilo preparado por Stalin. En julio de 1927, cuando la Oposi­ción todavía estaba en el partido y tema su representa­ción en el Comité Central, Stalin repentinamente pre­guntó: “¿Es verdad que la Oposición se opone a la victoria de la URSS en las próximas batallas contra el imperialismo?”

Demás está decir que semejante insinuación carecía por completo de fundamento. Pero el cocinero ya había comenzado a preparar el plato llamado Artículo 58. Puesto que el problema de la actitud de la Oposición hacia la defensa de la URSS es de importancia interna­cional, considero necesario, teniendo en cuenta los inte­reses de la república soviética, citar algunos pasajes del discurso en que respondí a la pregunta de Stalin. “Olvidemos por un instante la descarada insolencia de la pregunta – dije en el discurso que pronuncié en agosto de 1927 ante el Comité Central y la Comisión de Control Central -.Y no nos detengamos en la caracteri­zación tan cuidadosa que hizo Lenin de los métodos de Stalin: ‘rudos y desleales’. Tomaremos la pregunta tal cual está planteada y responderemos. Sólo las Guardias Blancas [6] podrían ‘oponerse a la victoria de la URSS en las próximas batallas contra el imperialismo’ […] Lo que Stalin tiene en mente es, en realidad, otra pregun­ta: ‘¿Piensa realmente la Oposición que la dirección de Stalin es incapaz de garantizar la victoria de la URSS?’ […] Sí, la Oposición piensa que la conducción de Stalin dificulta enormemente la victoria […] En caso de gue­rra […] todos los militantes de la Oposición ocuparán el puesto que les asigne el partido, sea en el frente o en la retaguardia […] Pero ninguno renunciará a su derecho y su deber de luchar por enderezar el rumbo del partido […] En resumen: ¿por la patria socialista? ¡Sí! ¿Por el curso stalinista? ¡No!” Hoy, a pesar de que las circunstancias han cambiado, estas palabras mantienen toda su vigencia y obligan tanto como entonces.

Junto con los supuestos preparativos de la Oposición para la lucha armada y nuestra actitud supuesta­mente negativa hacia la defensa del estado soviético, me veo obligado a traer a colación un tercer plato del menú de especialidades stalinistas: la acusación de que perpetramos actos terroristas. Al llegar a Constantino­pla me enteré de que habían aparecido en la prensa mundial ciertos informes de origen turbio acerca de una supuesta conspiración terrorista, en la que estaban involucrados, se decía, ciertos grupos de la Oposición “trotskista”. Conozco perfectamente el origen de estos rumores. En cartas enviadas desde Alma-Ata frecuen­temente tuve ocasión de advertir a mis amigos que Stalin, por la senda que había escogido, sentiría la necesi­dad cada vez más apremiante de descubrir “conspiraciones terroristas” entre los “trotskistas”. Atribuirle a la Oposición planes para una insurrec­ción armada, dirigida por un estado mayor de revolucionarios experimentados y responsables, era una tarea ingrata. Era muchísimo más fácil atribuirle objetivos te­rroristas a algún grupo de “trotskistas” anónimos. Evidentemente, los esfuerzos de Stalin se orientan actualmente en esa dirección. Lanzar a priori una advertencia pública quizás no le imposibilite a Stalin el cumplimiento de sus planes, pero al menos le dificultará la tarea. Por eso lo hago. Stalin emplea tales métodos de lucha, que ya en 1926 me sentí obligado a decirle, en una reunión del Buró Político, [7] que estaba postulando su candidatura para el puesto de sepulturero de la revolución y el parti­do. Repito hoy esta advertencia, pero con énfasis redo­blado. De todas maneras, hoy estamos tan convencidos como en 1926 de que el partido vencerá a Stalin, y no Stalin al partido.

[1] ¿Cómo pudo suceder?, de Jto i Kak Proizoslo? Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por George Saunders; en el momento de su publicación apareció una traducción en el New York Times del 28 de febrero de 1929 (Trotsky caracteriza a su enemigo Stalin) y en otros periódicos.

[2] Gregori Zinoviev (1883-1936) y Leon Kamenev (1883~1936): viejos bolche­viques que ocuparon altos cargos en la época de Lenin, Zinoviev el de presi­dente de la Comintern (1919-1926) y Kamenev, entre otros, el de secretario de Lenin. En 1923 lanzaron junto con Stalin la campaña contra el “trots­kismo” y luego formaron un bloque con Trotsky en contra de Stalin, la Oposición Conjunta (1926-1927). Expulsados del PC en 1927, capitularon ante Stalin y fueron readmitidos. Expulsados de nuevo en 1932, se volvieron a retractar, pero en 1935 los condenaron a diez años de cárcel, los juzgaron otra vez en 1936, en el primer Juicio de Moscú, y los ejecutaron.

[3] Alexei Rikov (1881-1938) Nikolai Bujarin (1888-1938), y Mijail Tomski (1886-1936): viejos bolcheviques que durante décadas se destacaron por su actividad revolucionaria; desde 1923 hasta 1925 hicieron un bloque con Stalin contra la Oposición de Izquierda. Rikov fue electo comisario del interior en 1917 y, después de la muerte de Lenin, presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo (1924-1930). Bujarin fue director de Pravda (1918-1929) y presidente de la Comintern (1926-1929). Tomski era conocido, sobre todo, como dirigente de los sindicatos soviéticos. Los tres capitularon ante Stalin en 1929 y luego se les permitió jugar un rol secundario, pero eso no los salvó. Tomski se suicido en el Juicio de Moscú de 1936; Rikov y Bujarin fueron ejecutados en el juicio de 1938.

[4] En su testamento, escrito en diciembre de 1922 y enero de 1923, Lenin dio su caracterización final de todos los demás dirigentes soviéticos. Como en él planteaba la remoción de Stalin de su cargo de secretario general, el testa­mento desapareció de la Unión Soviética hasta después de la muerte de Stalin; ahora aparece incluido en el tomo 36 de las Obras completas de Lenin. El ensayo que escribió Trotsky el 31 de diciembre de 1932 sobre el testamento desaparecido está publicado en la colección Lenin’s Fight Against Stalinism [La lucha de Lenin contra el stalinismo], Pathfinder Press, 1975.

[5] Trotsky señala consecuentemente que Stalin fue designado secretario general en 1921 y que este comentario de Lenin el respecto data del mismo año. Aquí y en otras partes de los Escritos, los editores [norteamericanos] cambiaron esta fecha por la de 1922. Stalin fue electo secretario general en 1922, inmediatamente después del Undécimo Congreso del PCUS. En Mi vida, Trotsky dice que Zinoviev propuso la candidatura de Stalin en el Décimo Congreso (1921) y que la elección siguió inmediatamente al congreso. En realidad, Stalin tomó el control organizativo del partido en el Décimo Congreso. Aunque en ese momento él no era miembro del secretariado, tres partidarios suyos, Molotov, Iaroslavski y Mijailov, reemplazaron al secretariado existente. Cuando entró al Secretariado en 1922, lo hizo como “secretario general”. Según Robert C. Tucker (Stalin as a revolutionary [Stalin como revolucionario] W.W. Norton, 1973), las elecciones posteriores al Undécimo Congreso simplemente formalizaron una situación que comenzó en 1921.

[6] Guardias Blancas, rusos blancos y blancos: son designaciones de las fuerzas contrarrevolucionarias rusas a partir de la Revolución de Octubre. Este discurso, que Trotsky cita varias veces en este volumen, aparece publicado en The Stalinist School of Falsification [La escuela stalinista de fal­sificación].

[7] El Politburó (Buró Político): en la época de Lenin, un organismo subordinado al Comité Central del PC. El primer Politburó, electo en 1919, estaba formado por Kamenev, Krestinski, Lenin, Stalin y Trotsky. La reunión a la que Trotsky se refiere se realizó el 25 de octubre de 1926. Ese año lo constituían Bujarin, Kalinin, Molotov, Rikov, Stalin, Trotsky, Tomski, Voroshilov y Zinoviev. En 1929, cuando Trotsky fue deportado, lo formaban Bujarin, Kalinin, Kuibishev, Molotov, Rudzutak, Rikov, Stalin, Tomski y Voroshilov. Bujarin y Tomski fueron removidos en 1929, Rikov en 1930.

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