Escrito por: León Trotsky

Resumen del libro “¿A dónde va Francia?” 

Marzo de 1935

 

La premisa económica de la revolución socialista

 

La primera y más importante premisa de una situación revolucionaria es la exacerbación intolerable de las contradicciones entre las fuerzas productivas y las formas de propiedad. La nación deja de avanzar. El freno del desarrollo de la potencia económica y, aún más, su regresión significan que el sistema capitalista de producción se ha desgastado por completo y que debe ceder su lugar al sistema socialista.

La base de la sociedad es su economía. Esta base está madura para el socialismo en un doble sentido: la técnica moderna ha alcanzado un nivel tal que podría asegurar un elevado bienestar al pueblo y a toda la humanidad; pero la propiedad capitalista, que se sobrevive, condena a los pueblos a una pobreza y a sufrimientos cada vez mayores.

La premisa fundamental, económica, del socialismo, existe desde hace mucho tiempo. Pero el capitalismo no desaparecerá de la escena por sí mismo. Sólo la clase obrera puede arrancar las fuerzas productivas de manos de los explotadores que las estrangulan. La historia nos plantea esta tarea en forma aguda. Si el proletariado se encuentra, por tal o cual razón, incapaz de derrocar a la burguesía y tomar el poder; si, está, por ejemplo, paralizado por sus propios partidos y sindicatos, continuará la declinación de la economía y de la civilización, se acrecentarán las calamidades, la desesperación y la postración se apoderarán de las masas y el capitalismo —decrépito, putrefacto, agusanado— estrangulará a los pueblos cada vez con más fuerza, arrastrándolos al abismo de nuevas guerras. No hay salvación fuera de la revolución socialista.

¿Es ésta la última crisis del capitalismo o no?

“Es imprudente afirmar —escribe Blum en Le Populaire del 23 de febrero— que la crisis actual es como un espasmo supremo del capitalismo, el último sobresalto antes de la agonía y la descomposición”. Este mismo punto de vista tiene Grumbach, quien dijo el 26 de febrero, en Mulhouse: “Algunos afirman que esta crisis es pasajera; otros ven en ella la crisis final del sistema capitalista. Aún no nos atrevemos a pronunciamos definitivamente”.

En esta forma de plantear la cuestión hay dos errores cardinales: en primer lugar, se mezcla la crisis coyuntural con la crisis histórica de todo el sistema capitalista; en segundo lugar, se admite que, independientemente de la actividad consciente de las clases, una crisis puede por sí misma, ser la “última crisis”.

Bajo la dominación del capital industrial, en la época de la libre competencia, los ascensos coyunturales sobrepasaban de lejos a las crisis; los primeros eran la “regla”, los segundos, la “excepción”; el capitalismo en su conjunto estaba en ascenso. Desde la guerra, con la dominación del capital financiero monopolista, las crisis coyunturales sobrepasan de lejos a las reanimaciones; se puede decir que las crisis se han convertido en la regla y los ascensos en la excepción; el desarrollo económico en su conjunto va hacia abajo, no hacia arriba.

No obstante, las oscilaciones coyunturales son inevitables y aún con el capitalismo enfermo, se perpetuarán en tanto exista el capitalismo. Y el capitalismo se perpetuará en tanto que no se haya llevado a cabo la revolución proletaria. Esta es la única respuesta correcta.

Fatalismo y marxismo

No hay ninguna crisis que pueda ser, por símisma, “mortal” para el capitalismo. Las oscilaciones de la coyuntura crean solamente una situación en la cual será más fácil o más difícil al proletariado derrocar al capitalismo. El paso de la sociedad burguesa a la sociedad socialista presupone la actividad de personas vivas, que hacen su propia historia. No la hacen por azar ni según su gusto, sino bajo la influencia de causas objetivas determinadas. Entretanto, sus propias acciones —su iniciativa, su audacia, su devoción o, por el contrario, su estupidez y su cobardía— entran como eslabones necesarios en la cadena del desarrollo histórico.

La Internacional Comunista se ha pasado a las posiciones del fatalismo socialdemócrata

El fatalismo de la socialdemocracia es una herencia de la preguerra, cuando el capitalismo crecía casi sin interrupción, aumentaba el número de obreros, aumentaba el número de miembros del partido, de votos en las elecciones y de puestos ganados en éstas. De este ascenso automático nació poco a poco la ilusión reformista de que es suficiente continuar por el viejo camino (propaganda, elecciones, organización) y la victoria vendrá por sí sola.

A la luz de esa perspectiva, las palabras: “Esta no es la última crisis”, deben significar: “En cinco años, en diez años, en veinte años, tendremos más votos y más puestos electivos; entonces hay que esperar y tomaremos el poder”. (Ver los artículos y discursos de Paul Faure). Este fatalismo optimista, que parecía convincente hace un cuarto de siglo, resuena ahora como una voz de ultratumba. La idea de que, en el camino hacia la crisis futura, el proletariado se hará infaliblemente más poderoso que ahora, es radicalmente falsa. Con la inevitable putrefacción ulterior del capitalismo, el proletariado no crecerá ni se hará más fuerte, sino que se descompondrá, haciendo cada vez mayor el ejército de desocupados y lumpen-proletarios; entretanto, la pequeña burguesía se desclasará y caerá en la desesperación. La pérdida de tiempo abre una perspectiva para el fascismo y no para la revolución proletaria.

Una situación revolucionaria no cae del cielo; se forma en la lucha de ciases. El partido del proletariado es el factor político más importante para la formación de una situación revolucionaria. Si ese partido da la espalda a las tareas revolucionarias, adormeciendo y engañando a los obreros para jugar a los petitorios y para confraternizar con los radicales, entonces debe formarse, no una situación revolucionaria, sino una situación contrarrevolucionaria.

¿Cómo aprecia la situación la burguesía?

¿Cómo aprecia la situación actual y como actúa la gran burguesía, el amo de la sociedad contemporánea? El 6 de febrero de 1934 no fue inesperado más que para las organizaciones obreras y la pequeña burguesía. Los centros del gran capital participaban desde hacía mucho tiempo en el complot, con el objetivo de sustituir por la violencia al parlamentarismo por el bonapartismo (régimen “personal”). Esto significa: los bancos, los trusts, el estado mayor, la gran prensa juzgaron tan próximo el peligro de la revolución que se apresuraron a prepararse para ella mediante un “pequeño” golpe de estado.

De este hecho surgen dos conclusiones importantes: 1) los capitalistas, desde antes de 1934, juzgaban la situación como revolucionaria; 2) no se quedaron a esperar pasivamente el desarrollo de los acontecimientos, para recurrir en el último momento a una defensa “legal”, sino que tomaron ellos mismos la iniciativa, lanzando sus bandas a la calle. ¡La gran burguesía ha dado a los obreros una inapreciable lección de estrategia de clase!

El gran capital, que tiene a su disposición todas las palancas de mando, no puede apreciar de un solo golpe a priorie infaliblemente la situación política en toda su realidad: entra en la lucha y, en el proceso, sobre la base de la experiencia que esta le da, corrige y precisa su apreciación. Este es en general, el único medio posible de orientarse en política exactamente y, al mismo tiempo, activamente.

La pequeña burguesía y la situación pre-revolucionaria

Los procesos que se desarrollan en las masas de la pequeña burguesía tienen una importancia excepcional para apreciar la situación política. La crisis política del país es, ante todo, la crisis de la confianza de las masas pequeño burguesas en sus partidos y en sus jefes tradicionales. El descontento, la nerviosidad, la inestabilidad, el arrebato fácil de la pequeña burguesía son signos extremadamente importantes de una situación pre-revolucionaria. Así como el enfermo que hierve de fiebre se acuesta sobre el lado derecho o sobre el izquierdo, la pequeña burguesía febril puede volverse a la derecha o a la izquierda. Según el lado al que se vuelvan en el período próximo los millones de campesinos, artesanos, pequeños comerciantes, pequeños funcionarios franceses, la situación pre-revolucionaria puede cambiarse tanto en situación revolucionaria como contrarrevolucionaria.

El mejoramiento de la coyuntura económica podría —no por mucho tiempo— atrasar, pero no frenar la diferenciación de la pequeña burguesía a derecha o a izquierda. Si, por el contrario,- la crisis fuera profundizándose, la quiebra del radicalismo y de todos los agrupamientos parlamentarios que gravitan a su alrededor, iría a una velocidad redoblada.

Dialéctica y metafísica

El pensamiento marxista es dialéctico: considera todos los fenómenos en su desarrollo, en su paso de un estado a otro. El pensamiento del pequeño burgués conservador es metafísico: sus concepciones son inmóviles e inmutables; entre los fenómenos hay tabiques impermeables. La oposición absoluta entre una situación revolucionaria y una situación no revolucionaria es un ejemplo clásico de pensamiento metafísico según la fórmula: lo que es, es; lo que no es, no es, y todo lo demás es cosa de Mandinga.

En el proceso histórico, se encuentran situaciones estables, absolutamente no revolucionarias. Se encuentran también situaciones notoriamente revolucionarias Hay también situaciones contrarrevolucionarias (¡no hay que olvidarlo!). Pero lo que existe sobre todo, en nuestra época de capitalismo en putrefacción son situaciones intermedias, transitorias: entre una situación no revolucionaria y una situación prerrevolucionaria, entre una situación prerrevolucionaria y una situación revolucionaria o…contrarrevolucionaria. Son precisamente estos estados transitorios los que tienen una importancia decisiva desde el punto de vista de la estrategia política.

Qué diríamos de un artista que no distinguiera más que los dos colores extremos en el espectro.Que es daltónico o medio ciego y que debe renunciar al pincel. ¿Qué decir de un político que no sería capaz de distinguir más que dos estados: “revolucionario” y “no revolucionario”? Que no es un marxista, sino un estalinista, que puede ser un buen funcionario, pero de ningún modo un dirigente proletario.

Una situación revolucionaria se forma por la acción reciproca de factores objetivos y subjetivos. Si el partido del proletariado se muestra incapaz de analizar a tiempo las tendencias de la situación prerrevolucionaria y de intervenir activamente en su desarrollo, en lugar de una situación revolucionaria surgirá inevitablemente una situación contrarrevolucionaria. Es precisamente ante este peligro que se encuentra actualmente el proletariado francés. La política miope, pasiva, oportunista del frente único y sobre todo de los estalinistas, que se han convertido en su ala derecha: he aquí lo que constituye el principal obstáculo en el camino de la revolución proletaria en Francia.

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