Escrito por: Eduardo Piña

Un eje de las campañas presidenciales es el combate a la corrupción. Este es un tema que ha tomado relevancia de forma acelerada en el último sexenio. Si bien es cierto que todas las campañas presidenciales en décadas han tocado el tema, a raíz de la gran cantidad de escándalos de corrupción del gobierno en curso el tema ha indignado tanto a los mexicanos que castigan con sus preferencias políticas al candidato del PRI. Y por más que busque este candidato deslindarse de los corruptos, que es un rasgo característico del partido en el gobierno, no ha conseguido un discurso creíble.

El candidato priísta no es el único corrupto en la contienda, también está Anaya. El panista guarda tras de sí un talento innato para enriquecerse a costa del poder político. De conocimiento público es que su riqueza ha crecido aceleradamente desde que comenzó a ocupar puestos públicos. En este debate también entra AMLO, aunque de manera cualitativamente distinta. AMLO nunca ha sido evidenciado en un acto de corrupción que él cometiera, o encubriendo alguno de una persona cercana, familiar o amigo, pero su idea de la regeneración moral a partir del ejemplo del presidente es absurda.

En un artículo publicado en el número anterior de revolución se argumenta, acertadamente, que la corrupción es parte del capitalismo, mientras este sistema continúe, la corrupción estará presente siempre. Sin embargo, la opinión política en circulación, aquella con acceso a los grandes medios de difusión, insiste en centrar el combate a la corrupción en la creación de instituciones y en el estado de derecho, hasta se habla de un cambio cultural y de regeneración moral.

Hace más de un siglo Marx escribió que en el capitalismo la riqueza se presenta como una masa enorme de mercancías, y en su sistema el dinero era una mercancía con la especial función de fungir como expresión del valor de cambio (precio) del resto de mercancías. Esta capacidad del dinero de cambiarse por cualquier otra cosa en el capitalismo hace que la riqueza sea conceptualizada como la posesión de una masa relativamente grande de dinero.

Dado el contexto de escasez e incertidumbre, todo individuo busca algo que le otorgue certidumbre o una ventaja sobre los demás que favorezca su condición social. Todos buscamos hacernos de lo necesario para la vida, así entonces, procuramos tener el dinero suficiente para adquirir alimentos, ropa, habitación, educación y un largo etcétera. Como en el capitalismo todo es mercancía, la influencia o la posición que alguien ocupa puede intercambiarse por algo más. Así entonces, aquel que decide sobre licitaciones, por ejemplo, cambia su influencia en la licitación a cambio de dinero para sí mismo. Aquel que puede determinar el ingreso a una universidad, por poner otro ejemplo, otorga esa influencia a quienes estén dispuestos a pagar el precio de ella.
Una empresa busca ventajas en la competencia, los idealistas asumen que tales ventajas son producto exclusivamente de la innovación, sin embargo, tales ventajas son encontradas con mayor frecuencia en la corrupción. Una empresa compra el servicio que le ofrece una persona a través de la capacidad de decisión que esta tenga dentro de la rama industrial donde la empresa compite. Exclusividad en la explotación de yacimientos mineros, asegurar la adjudicación de proyectos, adquisición de bienes a precios inferiores a los del mercado o venta de bienes o realización de obras para el gobierno a sobreprecio. Todo esto constituye ventajas en la competencia que generan beneficios para las empresas.

Así es la dinámica del capitalismo, ante una competencia más o menos agresiva, en un entorno de incertidumbre, la corrupción siempre se hará presente. Claro es que con el paso del tiempo la práctica de la corrupción se vuelve también una costumbre, incluso sectores de la población, en algunos casos amplios, la ven como algo normal. Es normal sacar provecho de la posición, y vaya que sí lo es, así funciona el capitalismo.

La creación de instituciones es entonces insuficiente para eliminar la corrupción. De forma realista lo más que se puede conseguir es reducirla hasta un nivel que sea tolerable. Esto es lo que argumentan los opinólogos del sistema. Ni los países más desarrollados, que son los menos corruptos, están libres de la corrupción. Pero si la corrupción se vuelve una práctica generalizada en la población y una costumbre, ¿Qué pasa entonces con la corrupción en la esfera privada, en el ámbito empresarial o en la educación? Los empresarios no se salvan. Los empresarios son los corruptos más grandes del país, pero su corrupción no es tocada ni de “pasadita” en el debate público.

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