Por Gilberto Mayoraga

La campaña de Trump se caracterizó por la demagogia nacionalista, apelando a la ideología reaccionaria de sectores relegados por el creciente parasitismo de la economía estadunidense, sobre todo los trabajadores industriales.

Para este sector Trump reservó una batería de discursos en los que prometió revisar y aún echar abajo el TLCAN, con el pretexto de que el “libre” comercio ha perjudicado a los trabajadores de los EEUU y beneficiado a México y Canadá, por lo que afirmó que se requería implementar medidas proteccionistas que inclinaran la balanza en favor de los EEUU.

Lo que se desprende inmediatamente de esta posición es que se funda en bases débiles, cuando no en mentiras y poca comprensión de lo que ha sido el TLCAN, tanto por parte de Trump, como aún más por parte de sus electores. El TLCAN se concibió desde un principio como un programa de anexión imperialista de México por los EEUU, y nunca ha sido realmente “libre”, por cuanto se ha saboteado la capacidad de competir de México en favor de los consorcios de EEUU y Canadá.

De hecho, el capital estadunidense se ha valido del tratado para golpear a ambos lados de la frontera, relocalizando la industria con base en la ganancia, y así presionando a la baja los salarios de los trabajadores industriales de los EEUU al ponerlos a competir con los trabajadores mexicanos. Pero esto ocurre sólo en algunos sectores como el automotriz, pues la mayor competencia procede de Asia, a donde han migrado las industrias de tecnología informática, que son las más rentables y dinámicas.

Lo que los trabajadores de EEUU quizá ignoran, dadas las concepciones reformistas que predominan en el proletariado de ese país, es que el principal responsable de su postración económica, desempleo y pérdida de posición social, no es la competencia de los trabajadores extranjeros, sino el carácter crecientemente parasitario de la economía estadunidense, que se basa cada vez más en actividades de carácter bancario y financiero, y menos en actividades productivas como la fabricación de automóviles, etc. Así, conforme la burguesía estadunidense se dedica cada vez más a especular en la banca, la bolsa y el comercio mundial, el proletariado industrial que le sirve, ya no se compone exclusivamente de trabajadores en su propio suelo estadunidense, sino que ahora se integra con todos aquellos trabajadores en los países a donde llega el capital yanqui.

Naturalmente, el creciente carácter internacional de la burguesía yanqui no implica que pierda sus bases nacionales(como llegaron a suponer algunos), pues su instrumento más poderoso es el Estado de los EEUU, que abre paso a sus negocios a punta de amenazas nucleares y sabotajes, por esto se ha abierto la controversia entre una burguesía con aspiraciones mundiales que se sirve de proletarios extranjeros, como los mexicanos, y un proletariado que sigue siendo nacionalista, incluso chovinista pero que cada vez participa menos de los beneficios del saqueo imperialista.

En el marco de esta contradicción llegó al poder Trump, y es una contradicción que incluso él encarna personalmente, pues comparte (aparentemente) las nociones estrechas de los trabajadores desplazados, pero él mismo es uno de los burgueses que se vale del parasitismo de la economía para enriquecerse.

A fin de cuentas, el TLCAN, como proyecto imperialista ha llegado a donde tenía que llegar, pues enriqueció desmedidamente a los consorcios de los EEUU y Canadá y a sus socios menores mexicanos a costa de los trabajadores de cada lado de la frontera. Un hecho que la demagogia de Trump, pero también la de los sindicalistas, los demócratas y demás reformistas cómplices de la burguesía y el imperialismo buscan ocultar, minimizar o pasar por alto.

De lo que se trata es de que los trabajadores de los tres países comprendan la comunidad de intereses que los unen y se den cuenta que la clase burguesa es una clase mundial unida por el mercado de bienes y de capitales y que es un enemigo común de todos ellos. Para ello es indispensable que la demagogia de Trump sea denunciada y combatida en todo momento y lugar como un intento más para agitar el odio nacional, el supremacismo racial y étnico y el chovinismo de gran potencia, en favor del mismo gran capital, encarnado en la clase de los Buffet, Soros, Gates, etc., para desviar la lucha de los trabajadores. La demagogia de Trump por tanto va en contra de los propios intereses de la clase proletaria y de todos los trabajadores.

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